
Aunque llevo meses criticando el abuso de las «frases gancho» que suelen delatar textos creados con IA, voy a empezar con una. ¿Y si todo lo que te han contado sobre los «mejores discos» y los «mejores artistas» de la historia estuviese equivocado, sesgado, comprometido por ese canon sagrado del que nadie se atreve a alejarse?
Voy con otras dos, y dejo a tu consideración decidir si estoy exagerando o hablando totalmente en serio. ¿Y si el mejor artista/compositor vivo no fuera Bob Dylan ni Paul McCartney, sino Stevie Wonder? ¿Y si el mejor disco de la historia fuese Innervisions?
Vale, me he dejado llevar por el entusiasmo, pero es que estos días he estado escuchando Innervisions, el álbum publicado por Stevie Wonder en 1973, y no puedo encontrarle ni un segundo de desperdicio ni una canción que no sea perfecta. Tal vez no sea el mejor de la historia, e incluso puede que no sea el mejor de Stevie Wonder porque existe esa inmensa cumbre catedralicia que es Songs in the Key of Life (1976), pero si no lo es seguro que se acerca mucho al top. Y hablamos de un tipo que venía de publicar otras dos grandiosas obras como Music of my Mind y Talking Book en 1972, con singles tan poderosos como «Superstition» o «You are the sunshine of my life». Podría parecer que había llegado a la cumbre, pero todavía iba a subir más.
El Stevie Wonder que había asombrado con su precocidad una década antes ha quedado ya muy atrás. Ha dejado paso a un artista comprometido, innovador y valiente, pero también perfectamente capaz de seguir componiendo éxitos como las dos canciones mencionadas anteriormente. En Innervisions lleva más allá su recién conseguida independencia creativa para entregar un disco capaz de asombrar y entretener a la vez, accesible pero también vanguardista. ¿Cómo pueden conciliarse ambas facetas? Solo hay que escuchar atentamente, insisto, atentamente, la primera canción: «Too high». Una obra maestra de la fusión entre jazz y funk en la que Stevie toca todos los instrumentos. Sí, también esa percusión totalmente jazz y el bajo eléctrico. También, por supuesto, el piano eléctrico.
«Too high», con sus silencios, sus cambios de ritmo y su fusión de estilos, es una pequeña joya. Pero hay muchas más. «Visions», por ejemplo. Una canción reflexiva sobre el deseo de un mundo nuevo, de vivir en paz y armonía, todo contado de una manera tan poética que emociona. Una preciosidad de canción en la que Stevie Wonder solo tocó el piano, parece ser, porque en los créditos aparecen Dean Parks y David T. Walker como autores de ese maravilloso duelo de guitarras, acústica y eléctrica, que, junto con el bajo y la total ausencia de percusión, imprime todavía más elegancia y melancolía a la canción. Una nueva muestra de que en este disco Stevie no iba a hacer demasiadas concesiones comerciales, prefiriendo por el contrario desarrollar todo su potencial creativo.
Todo lo dicho anteriormente no significa que no haya aquí un pelotazo de nivel similar al de «Superstition». Lo hay, pero para contrarrestar su comercialidad viene cargado de una fuerte crítica social. Muy fuerte. «Living for the city» es una especie de mini ópera de más de siete minutos que encapsula, de una forma sencilla pero efectiva, toda la rabia contenida de la comunidad negra en una época muy difícil en la que parecía que las cosas iban a mejorar pero lo hacían muy despacio y de manera insuficiente. Esta es una de esas canciones que hay que escuchar leyendo la letra, porque si no te pierdes el 90% de su valor. La odisea de una familia negra en el sur, la ilusionante llegada del chaval a Nueva York y, entonces, la decepción. Todo en una canción, quizás la canción definitiva de protesta contra el problema racial en los Estados Unidos. Y de nuevo todo, absolutamente todo, tocado por el propio Stevie Wonder.
Ojo a esos fulminantes últimos tres minutos. Ojo a cómo cambia la voz (¿y el cantante?) para expresar esa rabia de siglos.
Tras ese arranque tan potente viene un pequeño descanso emocional. No un bajón ni un bache, solo un pequeño momento de relax. «Golden lady» es una canción de amor, sin más, un momento de ternura en un disco con un ambiente muy cargado. No quiero decir que sea una canción menor, de hecho me parece excelente, y por eso he empezado diciendo que este disco me parece una obra maestra indiscutible porque no hay nada de relleno, cada minuto es imprescindible.
«Higher ground» es un tema que puede entenderse como político, espiritual o incluso profético / apocalíptico. Otra vez Stevie Wonder toca absolutamente todo, destacando ese sonido del clavinet que ya usó por ejemplo en «Superstition» y que será una de sus señas de identidad en este periodo mágico de su carrera. Otra pequeña maravilla. Ah, y a estas alturas ya empieza a llamar la atención que todo se sustente sobre diversos sintetizadores, bajos y percusiones. Las guitarras son más bien escasas, y no hay arreglos de cuerda, ni vientos ni metales. Sin embargo, parece que las canciones son arrastradas por un torrente de sonidos. ¿Cómo lo hace? Pues haciéndolo, porque es un genio absoluto capaz de cualquier cosa.
En «Jesus children of America», una canción de nuevo más espiritual, con un tono algo más solemne y un tono más contenido pero sin perder el groove. Aquí Stevie se atreve a combinar el piano eléctrico Fender Rhodes con el clavinet. El efecto es magnético, hipnótico, y otra vez parece imposible aceptar que todo, absolutamente todo lo que suena en la canción, lo está tocando la misma persona. Los calificativos empiezan a quedarse cortos. Y más cortos todavía se quedan para «All in love is fair», la siguiente canción. Una balada tremenda que habla del amor desde un punto de vista inusual y complejo. Stevie deslumbra con su voz, potente y cálida, y con su sensibilidad.
De nuevo Stevie decide rebajar tensiones con una canción sorprendente por su introducción de ritmos latinos, frases en un risible spanglish, bongos y percusiones caribeñas. En «Don’t you worry ‘bout a thing» el mensaje es de relajación, de no preocuparse, de aceptar los cambios sin obsesionarse por ellos. Una canción contagiosa y enérgica que contrasta con el resto del disco pero tampoco se siente fuera de lugar.
El disco se cierra con otro bombazo, «He’s misstra know-it-all». Una canción que ataca la hipocresía política, la corrupción y la arrogancia del poder, personificándolo todo en un odioso personaje que muchos identifican con Richard Nixon. Escuchándola hoy no he podido evitar en otro presidente de los USA más reciente cuyo nombre ni siquiera me apetece escribir. Bajo ese elegante y sobrio piano que suena a lo largo de la canción, detrás de su ritmo suave y contenido, se esconde quizás el ataque más directo y ácido hacia el poder que jamás escribió su autor. Un final grandioso para un disco que no se me ocurre cómo se podría mejorar. Y si no se puede mejorar, entonces es perfecto, ¿no?
Dale tú y me cuentas si estás de acuerdo.
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