
Entre mediados y finales de los sesenta se vivía una época tan efervescente en la música popular que, en mi opinión, creo que no ha habido otra igual. La afirmación, pienso, es indiscutible en cuanto a surgimiento de nuevos estilos musicales, variedad, riesgo, bandas y artistas que luego serán míticas, discos magníficos que aparecen en todas las listas de los mejores de la historia… En aquellos años el rock estaba evolucionando, y entre 1966-1968 existía una nebulosa incierta en la que convivía el rock psicodélico, entonces muy de moda, con el rock de vanguardia y con otros dos estilos que daban sus primeros pasos intentando definirse por sí mismos: el rock sinfónico y el progresivo. Esos primeros tiempos de convivencia entre la psicodelia y el progresivo se explican muy bien en el libro Rock En Progresión (Apache Libros, 2021) de Eduardo G. Salueña junto a otros autores.
En ese contexto surge un grupo y un álbum que podemos considerar entre los primeros, y sin duda el más significativo e influyente en su momento, del rock progresivo. Hablo, como ya sabéis, de King Crimson y su maravilloso disco In The Court Of The Crimson King. Para mí, uno de esos discos de debut que, a pesar de contar con una larga y fructífera carrera, sus autores nunca pudieron superar. King Crimson surge de una conjunción de talentos casi irrepetible. Los hermanos Giles (Peter y Michael) y Robert Fripp venían de Giles, Giles & Fripp, un grupo que había publicado un disco, The Cheerful Insanity of Giles, Giles and Fripp, interesante pero todavía bastante genérico y un poco disperso. Al grupo, que se trasladó a Londres en busca de mejor fortuna, se unieron rápidamente Ian McDonald (vientos y teclados) y Peter Sinfield, que estuvo de acuerdo en limitarse a componer las letras. Cuando Peter Giles dejó el grupo a finales de 1968, y tras grabar algunas demos con la cantante Judy Dyble, que acababa de salir de Fairport Convention, finalmente encontraron a su vocalista definitivo: Greg Lake.
Con esta efímera formación (solo grabaron este disco) y ya renombrados como King Crimson, alumbraron este milagro denominado In The Court Of The Crimson King (Island, 1969) que tomó su nombre de un poema de Sinfield. Un disco que impresiona desde su portada, obra de Barry Godber. Barry no era dibujante ni diseñador, aunque había estudiado Arte, sino programador informático, y esta fue su única portada porque murió de un ataque al corazón meses después, con apenas 24 años. Su dibujo del «Hombre Esquizoide» representa a la perfección el espíritu del grupo, que con Fripp como uno de los principales ideólogos encontraba su inspiración tanto en el Sgt. Pepper’s de los Beatles o en los discos de Jimi Hendrix como en la música de Bartok, Dvorak o Stravinsky. Cuando hablaba de su idea musical, mencionaba la anarquía y el caos, pero en realidad Robert Fripp tenía muy claro en su cabeza lo que quería conseguir: canciones que impactaran al oyente a varios niveles, tanto en la letra como en la música, que necesitaran varias escuchas para empezar a absorber toda su energía, y que no revelaran sus secretos desde el principio.
Parece mentira, pero un disco tan inabarcable como In The Court Of The Crimson King se grabó en poco más de quince días. Una rapidez que sin duda se debe a que el grupo ya había dado bastantes conciertos y llevaba a la espalda muchas horas de ensayos. El disco se abre con «21st Century Schizoid Man«, uno de los temas más representativos de King Crimson. Algunas de sus secciones, empujadas por un saxo tratado en el estudio, la potente batería de Giles y la hiriente guitarra de Fripp, son consideradas por muchos como uno de los momentos fundacionales de lo que luego se conocería como Heavy Metal. De todos modos, en sus casi 8 minutos se explora también la conexión entre el rock y el jazz, todo ello mientras una voz distorsionada que suena a peligro canta frases que no parecen guardar ninguna conexión entre sí, como imágenes de una película tomadas al azar. La canción fue sampleada por Kanye West en su aclamado disco My Beautiful Dark Twisted Fantasy, concretamente en «Power«.
«I talk to the wind» es una canción recuperada de Giles, Giles & Fripp. Muestra la faceta más calmada y onírica del grupo, con una base folk que sirve como cable a tierra con el pasado, al tiempo que mira al futuro. El resultado es un tema con aires nostálgicos, algo triste si nos fijamos en su letra, que como comentaba refleja más de dónde venía el grupo en sus orígenes que hacia dónde se iba a dirigir inmediatamente. Y es que tras la paz de «I talk to the wind» llega la grandiosa suite «Epitaph«, para mí uno de los momentos culminantes del álbum y de toda la carrera de King Crimson. En esta canción todo encaja, desde el grandioso sonido del mellotrón hasta la engañosa calma de los versos iniciales, pasando por la magnética voz de Lake y las poderosas letras de Sinfield, más directas aquí que en otras ocasiones: la canción es una alegoría sobre la situación política mundial y el posible advenimiento del más que previsible, en aquellos años, Apocalipsis. En algunos de sus momentos intermedios parece que estamos asistiendo a un funeral. El funeral de la Humanidad. ¿Y qué decir de ese final que le da todo el sentido al término «progresivo»? Glorioso.
«Moonchild«, como casi todas las otras canciones del disco, es en realidad una suite dividida en dos partes. Al principio asistimos a una especie de balada folk con tintes progresivos, al estilo de lo que luego harían Genesis en muchos de sus temas, pero apenas dos minutos después todo se rompe en pedazos y asistimos a uno de los momentos más locos del disco, una especie de improvisación minimalista que se alarga diez minutos y que, aunque para mí rompe el ritmo del álbum, impresionó a muchos críticos en una época en la que este tipo de idas de olla eran recibidas con grandes elogios.
Finalmente, el otro gran momento del álbum: «The Court of the Crimson King«. Uno de esos temas que dan carpetazo a una década y abren la siguiente, por no decir que abren el futuro en general. Aquí el mellotrón se desmelena ya totalmente para dar lugar a uno de los riffs de teclado más reconocibles de la historia. Una vez más, la voz de Lake recita a la perfección una letra repleta de simbolismos e imágenes mágicas (inspiradas, parece ser, en hechos reales históricos) que servirá de inspiración a muchos de los posteriores letristas del progresivo. De nuevo asistimos a cambios radicales (esa sustitución de los teclados y las guitarras por una suave flauta) y a giros cíclicos que vuelven una y otra vez al tema principal de la canción, aunque con algunas variaciones. Cuando parece que la canción ha acabado, regresa una parte de improvisación dirigida por la flauta y de repente vuelve el riff de mellotrón para conducir a la canción a un apoteósico y abrupto final.
Acaba así (al menos en su versión original, que en mi opinión debería ser la única y definitiva) uno de los discos más potentes, enigmáticos e influyentes de una época, finales de los 60, en los que abundaban los álbumes iniciáticos y novedosos. In The Court Of The Crimson King fue uno de los más grandes entre todos ellos. Lo sigue siendo y lo será eternamente.
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