The Chameleons – Script of the bridge (1983)

The Chameleons - Script of the bridge

Hoy en día es todo más sencillo: abres el ordenador, y allí está toda la música de la historia a tu disposición y de forma legal. Es una gran ventaja, pero también se pierde algo. Como siempre digo, se pierde buena parte de la magia del descubrimiento fortuito. Por supuesto en los 80 no había Internet, así que llegábamos a ciertos discos, grupos o artistas principalmente por canciones que sonaban en la radio, algo que leías en una revista, boletines o recomendaciones de amigos. Mi primer contacto con The Chameleons y con este disco, sin embargo, no fue de ninguna de esas formas.

Era 1999 (o quizás 1998) y el conocido crítico musical, escritor, DJ, locutor de radio y dueño de una tienda de discos Juan Vitoria tenía un programa de vídeos musicales en una televisión local de Valencia. Si lo conocéis un poco os podéis imaginar que no ponía obviedades ni los vídeos más comerciales ni, generalmente, los éxitos del momento. En aquel programa vi por primera vez vídeos de Pixies o Radiohead, por citar algunos ejemplos que recuerdo. Bueno, hay otro. Es lo que os iba a contar. Un día estaba viendo el programa, me distraje un momento y empezó a sonar una canción que me cortó la respiración. Parecía la voz de Paul Weller, pero no me sonaba a ninguna canción de The Jam. Le presté atención al vídeo y desde luego no era Weller quien cantaba. Esperé al final hasta que salió otra vez el título: «Up the down escalator» se llamaba la canción. El grupo era The Chameleons. Ni idea, pero en cuanto tuve Internet en casa, pocos meses después, fue una de las primeras canciones que busqué.

Poco a poco empecé a conocer más sobre el grupo. The Chameleons (en algunos sitios The Chameleons UK para distinguirlos de otra banda norteamericana que se llamaba igual) se formaron en 1981 en Middleton, una ciudad cercana a Manchester. Son hijos por tanto de la Inglaterra de Margaret Thatcher, del clima social y musical que dio origen a Joy Division antes, o a The Smiths poco después. De hecho me da la sensación de que se encuentran justo en medio, por lo que respecta a su sonido. En ellos encontré el post punk que más me gusta: oscuro, denso, no exento de experimentación pero con ritmos reconocibles, melodías pegadizas y cierto espíritu pop. En su música podíamos encontrar atmósferas, estados de ánimo y paisajes grises, pero también una base rítmica firme, estribillos potentes (algunos, tampoco demasiados) y una voz, la de Mark Burgess, siempre en tensión entre la vulnerabilidad y el coraje.

Script of the Bridge, publicado en 1983, es el álbum de debut de The Chameleons. El primero de una excelente trilogía que completarían What Does Anything Mean, Basically? (1985) y Strange Times (1986). Para mí este debut es también su mejor disco, aunque mi opinión puede estar sesgada al ser el primero que escuché y, por lo tanto, el que se benefició del efecto sorpresa. El disco se mueve en esos terrenos atmosféricos pero también melódicos a medio camino entre el post punk y el pop gótico que, como he comentado, tanto me gustan. Todo tipo de reverbs, delays y demás arreglos adornan unas guitarras estratosféricas mientras la sección rítmica, ojo al bajo de Burgess, les da a las canciones ritmo, potencia y también calidez.

A día de hoy «Up the down escalator» sigue siendo mi canción favorita del disco, pero hay mucho más. Todas las canciones están a gran nivel, hasta el punto de que podría parecer una recopilación de éxitos de cualquier banda similar. Desde el inicio con «Don’t fall», tras un arranque radiofónico, se respira emoción y urgencia, con esa voz que parece surgir de una caverna profunda donde sonaran docenas de guitarras a la vez. Una canción que traslada a la música de manera perfecta las ansiedades, temores e inseguridades de un joven veinteañero encerrado en su habitación.

«Here today» es otra de las grandes canciones del disco. Quizás menos enérgica y rabiosa que «Don’t fall» pero igualmente perturbadora. Las guitarras planean en vez de volar, creando con su insistencia un ambiente obsesivo, casi asfixiante. Aquí no hay estribillo, su lugar lo ocupan unos pasajes instrumentales repetitivos y angustiosos. La letra amplifica esa sensación de ansiedad y zozobra con sus referencias más o menos veladas a un posible asesinato, o al menos así lo entiendo yo.

El disco sigue con «Monkeyland» y de nuevo estamos en un terreno donde dominan las guitarras hipnóticas y una tensión controlada que va y vuelve a lo largo de la canción. Otro tema sofocante e inquietante que habla de aislamiento, de confusión y de desconfianza. Más narrativo que explosivo, moviéndose en una línea difusa, en un terreno de nadie entre el pop, el post punk más atmosférico, los The Cure más introspectivos y estilos que todavía no existían como el shoegaze o el dream pop. Anticipando incluso al Nick Cave más mesiánico. Es difícil de describir, mejor escucharlo.

«Second skin» es uno de los puntos álgidos del disco con su estructura progresiva, unas capas que se van superponiendo y una historia que va evolucionando hasta el clímax final, contenido pero incuestionable, al que sigue un nuevo pasaje que va revirtiendo la intensidad hasta que se desvanece. Una estructura muy interesante; creativamente me parece, como he dicho, uno de los momentos culminantes del disco. Sin cambios bruscos ni estribillos pegadizos se va construyendo una especie de montaña rusa emotiva y sobrecogedora. Una perfecta preparación para «Up the down escalator», que sigue a continuación. Vaya dos temazos uno tras otro. De hecho hasta aquí todo son temazos. No siempre en el sentido de himno pop para corear en estadios, desde luego. Más bien en el sentido de pequeños pero perfectos himnos confesionales para llorarlos encerrados en nuestra habitación.

De «Up the down escalator» ya he hablado, pero quiero insistir en su pegada y su brillantez melódica. De hecho aquí aparece por primera vez en el disco un estribillo reconocible como tal. Un tema más accesible, podríamos decir, en equilibrio entre la inmediatez y una profundidad que sigue tan presente como en las canciones precedentes. El título hace referencia a ir contra corriente, y la letra insiste en este tema: no encajar, sentirse desubicado, engañado por una sociedad que promete pero no cumple. La canción es de 1983 pero no puede ser más actual, ¿verdad?

Distorted pictures and dizzy, dizzy people
Rush by me at the speed of thought
They sit at the tables and throw us the scraps
For Christ’s sake leave me something
Now they can erase you at the flick of a switch
Oh, there must be a way

Después de tal quinteto puede dar la sensación de que el nivel baja un poco con las siguientes canciones. Sin embargo, todas ellas tienen cosas interesantes y merecen su puesto en el álbum. «Less than human» sigue con los ambientes oscuros y opresivos, tanto en lo musical como en una letra que insiste en la temática de no encajar, de sentirse una pieza de una maquinaria que no obedece a nuestros deseos o intereses. «Pleasure and pain» hace honor a su título y se mueve entre la luz y la oscuridad, entre una energía que tira hacia arriba y un peso existencial que lo hace hacia abajo. Una sensación reforzada por los cambios que se producen en las texturas y los tonos de las guitarras. Esa creación de ambientes es algo en lo que The Chameleons eran unos maestros. Y no olvidemos que era su primer disco. «Thurday’s child», por su parte, vuelve a tener algo parecido a un estribillo pero que es más un cambio de ritmo y entonación. Algo que lo que Burgess y los suyos también brillaban: cambios sutiles pero perceptibles que, sin darnos apenas cuenta, influyen en nuestras emociones y les dan fuerza e imprevisibilidad a las canciones.

«As high as you can go» y «A person isn’t safe anywhere these days» fueron los dos últimos sencillos extraídos del disco. La primera parece levantar algo el ánimo tras un tramo de disco muy sombrío. La canción suena estimulante, incluso desafiante, aunque al echarle un vistazo a la letra uno no puede sino pensar que estamos ante la misma visión pesimista y gris de la vida aunque con un enfoque más irónico. La segunda tiene un título que directamente alude a la inseguridad y sensación de amenaza permanente que se vivía en su época. Luego la letra es algo más críptica y no está claro de qué está hablando, pero la tensión se siente en la música y en la voz de Mark Burgess. Una canción que conecta los miedos universales (situación económica en Gran Bretaña, la guerra fría) con los individuales. Otro tema que no ha perdido actualidad.

En directo, como podéis comprobar, suena incluso más amenazante.

«Paper tigers», que arranca con un motivo similar al de «Up the down escalator», juega con las palabras para describir amenazas reales que de lejos no lo parecen, o justo todo lo contrario. Ese juego de espejos es quizás lo más interesante de una canción que insiste en los cambios de ritmo, en las guitarras repetitivas y en la tensión que busca resolverse sin llegar muchas veces a hacerlo. Todo ello hace que esa sensación de intranquilidad de la que he hablado anteriormente esté siempre presente, como lo está en todo el disco. Un disco que se cierra con «View from a hill», una canción larga que tiene algo de resumen, de epílogo del álbum. Otro magistral viaje, esta vez más melancólico y reflexivo, que sorprende por acercarse más a lo que harán Alphaville unos meses después que a los The Cure oscuros que asomaban en algunas canciones anteriores. Es como la luz al final del túnel, el sol que sale después de la tormenta. Una canción que, siendo coherente con el resto del disco, parece hacer un esfuerzo para no dejar mal sabor de boca al oyente. A ratos suena a marcha fúnebre, en otros momentos a spaghetti western, en otros a post rock antes de que se inventara. Una canción inclasificable que supone un final perfecto para un disco perfecto.

Dale a continuación si te apetece volver a escuchar el disco entero, desde el principio hasta el final. Este Script of the Bridge es uno de esos discos que lo merecen. No te saltes nada, no te distraigas, no hagas nada más mientras lo escuchas, entra en su mundo. Yo lo hice hace años y sigo atrapado en él.


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