
Han tenido que pasar nada menos que 18 años, desde que empecé con el blog, para que finalmente me atreva a escribir sobre un disco de Supertramp. Muchos estaréis pensando que lo normal, siendo mi blog personal, es que hable sobre todo de mis grupos, artistas y discos favoritos. Y eso es lo que más o menos hago, pero hay algunos discos por los que tengo tanto respeto que me cuesta escribir sobre ellos. Es una tontería, pero siento que nada de lo que diga estará a la altura de esos discos, ni de lo que muchos han dicho antes que yo sobre ellos. Pero es verdad, es una tontería, así que vamos allá con este disco de Supertramp que seguramente, si me dais solo cinco segundos para pensar, pondría como mi disco favorito de todos los tiempos.
Crime of the Century no es, como algunos podrían pensar, su primer álbum. Antes ya publicaron un disco homónimo en 1970, y otro titulado Indelibly Stamped en 1971. De ellos también tendré que hablar algún día, por cierto. No es, decía, su primer álbum, pero si es el primero con la formación clásica que todos sus fans nos sabemos de memoria: Rick Davies, Roger Hodgson, John Helliwell, Dougie Thompson y Bob Siebenberg.

Davies y Hodgson, únicos supervivientes de los miembros fundadores del grupo, bien podrían haber tirado la toalla tras el fracaso de sus dos primeros discos. Unos trabajos en donde todavía andaban buscando su identidad musical, flirteando con el rock progresivo tan de la época, con el folk, con el pop, con el art rock… Además su famoso mecenas, el millonario holandés Stanley August Miesegaes, les había retirado su apoyo financiero. Sin embargo, al mismo tiempo apareció en sus vidas Dave Margereson, ejecutivo de A&M que creyó tanto en ellos que no solo convenció al sello para que les siguiera financiando su aventura musical, sino que además dejó su trabajo para convertirse en su mánager. Margereson, por cierto, falleció este verano pocos días antes que Rick Davies. Pero sigamos. Con la nueva formación, Supertramp se retiraron a una casa en Somerset para intentarlo por tercera vez. Y a la tercera fue la vencida.
Crime of the Century es un milagro, uno de esos discos que tenían todas las papeletas para no haber sucedido pero sucedieron. Davies y Hodgson respondieron a la confianza de su discográfica, que incluso les puso a Ken Scott como productor, y lo hicieron con un puñado de canciones donde no hay desperdicio ninguno hasta el punto de que el disco parece un grandes éxitos del grupo. La tensión creativa entre sus dos cabezas visibles y compositores, una tensión que lo haría estallar todo por los aires una década después, es precisamente el principal alimento de este brillante disco. Todas las canciones están firmadas por ambos, y además en aquella época todavía solían colaborar cada uno en las canciones del otro, pero cada tema tiene el sello inconfundible de su compositor principal. Además están colocadas de forma estratégica, una de Hodgson, una de Davies, y así se van alternando las ocho canciones, escogidas entre más de 40 propuestas iniciales, que forman el disco.
Desde la icónica portada, con esas manos humanas que se agarran a un barrote que les separa de un universo oscuro pero estrellado, todo en este disco es mágico. Todavía hoy, tantos años después, no puedo evitar emocionarme cuando suena la armónica que abre «School», la enigmática canción de Hodgson (aunque el magnífico solo de piano es de Davies) que abre el disco con sus críticas a la educación, a cómo la escuela nos prepara (o no) para la vida real. En la era de Spotify y el picoteo aleatorio, «School» sería la típica canción que nadie escucharía entera: hoy no habría paciencia para esperar esos 40 segundos en los que solo suena una armónica antes de que entre el piano y la voz de Hodgson, o el minuto y medio largo que dejan pasar con una instrumentación mínima antes de que, entre gritos infantiles, arranque la parte central de la canción con la banda al completo. La recompensa, en forma de maravillosa suite donde el pop comercial, el rock progresivo y el jazz pop se dan la mano, espera a quien no sucumba a las prisas. La parte intermedia, de nuevo haciéndose esperar, incluye el espléndido solo de piano del que hablaba antes. La forma en que interactúan sin entorpecerse todos los instrumentos en esa sección instrumental, que ocupa más de la mitad de la canción, es para escucharla una y otra vez. Una excelente muestra de lo que Davies y Hodgson eran capaces de hacer cuando realmente se sentaban a escribir juntos, algo que lamentablemente ocurriría pocas veces en los años siguientes. En fin, una joya de canción. Parece mentira que sea el mismo grupo (en realidad no lo es, pero también parece mentira que sean los mismos compositores, que sí lo son) que daba sus primeros balbuceos sin saber muy bien hacia dónde dirigirse tan solo cuatro años antes.
La siguiente canción, «Bloody well right», es el típico tema Davies con influencias del jazz y del R&B. Parece concebida, y situada justamente ahí, como una respuesta a «School». El primer verso dice: «So you think your school is phoney«, y a partir de ahí siguen las referencias más o menos veladas a la educación y al sistema de clases británico. Quizás sea una pulla de Rick, de clase trabajadora, a Roger, que venía de una familia más acomodada. Quizás no, quién sabe, y tampoco me interesa demasiado saberlo, solo disfrutar de una de las grandes e inimitables canciones de Davies y del contraste entre su concepción más blues y rock de la música frente a un Hodgson más pop e introvertido. En lo musical, otra maravilla que hay que escuchar atentamente para no perderse ninguno de sus matices sonoros y para disfrutar, otra vez, de sus interludios instrumentales tan perfectamente concebidos.
De «Hide in your shell» debo decir que es una de mis canciones preferidas de Roger Hodgson, y por extensión de Supertramp. Si en algún momento se habló de «pop progresivo» para hacer referencia a la música del grupo, parte de la culpa la tiene esta canción que empieza suave, que va afirmándose según pasan los minutos, que incorpora magníficos coros y que desemboca en un estribillo que, cada vez que se repite, aumenta en tono y potencia hasta ese final donde Hodgson se abre en canal después de habernos mostrado todos sus miedos, inseguridades y esperanzas, como en un diálogo consigo mismo, a lo largo de la canción. Una maravilla que todavía hoy me hace soltar alguna lagrimita.
A estas alturas del disco, si uno hace cierto esfuerzo, puede encontrar un hilo temático. Aunque no se pueda hablar abiertamente de disco conceptual, sí que es verdad que los temas de alienación, crítica al sistema, soledad, salud mental, inseguridad y vacío existencial dominan casi todas las canciones. En ese sentido, «Asylum» es tal vez la más explícita del lote. Aunque empieza con un bonito piano, al estilo de las baladas de Elton John, según se va desarrollando se hace notar su naturaleza esquizofrénica. Una sensación que Davies apoya magistralmente con su forma de cantar y tocar, con esa teatral forma suya de atacar las canciones que es más evidente todavía en vivo. Si hay una canción que represente fielmente el descenso de una mente hacia la locura, arrancando en una tonalidad «normal» de blues y deshaciéndose en pedazos progresivamente hasta el caos de los minutos finales, es esta.
«Dreamer» puede parecer a priori la canción cursi, o menos elaborada, del disco. Si eso fuera así, es por la propia voluntad del grupo. Hodgson compuso «Dreamer» antes de cumplir los 20 años, tocándola en su piano Wurlitzer, y cuando finalmente la pudo grabar en un álbum de Supertramp todos decidieron hacerlo imitando al máximo esa demo que su autor trajo bajo el brazo. Un tema muy pop y comercial que, de hecho, fue el single del disco. Aunque mantiene bastantes de los rasgos distintivos del grupo, aquí el piano suena más alegre, todo parece menos serio y más desenfadado. Ese diálogo intermedio entre las voces de Hodgson y Davies, siempre en este disco aparecen esos interludios maravillosos y diferentes, le dan el toque «arty» a la canción llevándola más allá de su memorable sección principal que hace a la vez de estrofa y estribillo sin distinguir entre ellos.
«Rudy» es una de las dos obras maestras de Davies que aparecen en el disco. En sus primeros 30 segundos escuchamos al pianista clásico que se esconde tras la querencias blues de Rick, pero pronto desaparece el piano entre la magistral (como siempre) sección rítmica formada por Dougie y Bob. Poco a poco va entrando el resto de la banda. Entrando y saliendo en un esquema habitual en Supertramp: entre estrofa cantada y estrofa cantada las secciones musicales no se repiten sino que van mutando; ahora arropan al cantante y al minuto lo dejan solo. «Rudy» no es una excepción, y de nuevo sus minutos centrales son una delicia para quienes se acercan a las canciones con oídos atentos y escudriñadores. La canción vuelve a recomponerse en su segunda mitad, con un nuevo diálogo entre Davies y Hodgson que arranca roquero y desafiante antes de desembocar en un final con ligeros arreglos orquestales que embellecen la canción y la devuelven a un sitio similar, pero no igual, a donde empezó. Otra canción de alienación y desubicación social. Quizás, después de todo, sí que sea un disco conceptual.
La última canción de Hodgson en este disco es «If everyone was listening». Un tema en el que Roger se muestra, como en muchas otras ocasiones en esta y otras ocasiones cada vez con más frecuencia, abiertamente filosófico e incluso espiritual. La canción va perfectamente bien con la temática del resto del disco, hablando de conocernos a nosotros mismos y también a los demás. Hodgson vacila entre afirmar que se puede alcanzar ese conocimiento y la realidad de que casi nada está bajo nuestro control. Una dualidad que en muchas de sus canciones podemos escuchar casi como un tormento interior. En lo musical es una bonita balada arreglada de forma exquisita (esas segundas voces, esa forma de entrar y salir el resto de instrumentos, como de costumbre) y con una melodía vocal espléndida, entrañable y que invita a cerrar los ojos y dejarnos llevar al tiempo que la letra, por su parte, invita a reflexionar. Los momentos en los que el piano de Hodgson y el clarinete de Helliwell se quedan a solas, o la sutil evolución en la voz de Roger según avanza la canción, son cosas que se quedan muy grabadas en la memoria con gran placer. De nuevo, pequeños pero muy cuidados detalles llevan las canciones de Supertramp a otro nivel, uno que compite en minuciosidad, elegancia y detallismo, en mi opinión, con el legendario perfeccionismo de Steely Dan.
Y bueno, qué decir de la canción que da título al disco. La otra obra maestra de Davies en este álbum. «Crime of the century» es la canción que debería hacer olvidar todos los desinformados prejuicios sobre Supertramp. Otra suite perfecta, con partes bien diferenciadas ensambladas con la precisión de un cirujano. Hasta el minuto 1:20, una típica canción de Davies que arranca suave y contenida antes de mostrarnos su enfado ante esos «men of lust, greed and glory» que van de mal en peor estropeando todo nuestro mundo. A partir de ese momento entra una guitarra eléctrica magistral acompañada por otro monumental desempeño de la sección rítmica (Bob y Dougie, ya sabéis) que apenas dura 30 segundos. Entonces, en el minuto 2, la canción ya prácticamente ha terminado como tal. Llega entonces la apoteosis Davies, la apoteosis de un grupo que es capaz de mantener la tensión, y la atención, durante los restantes tres minutos y medio tan solo realizando una extraordinaria danza de instrumentos y arreglos orquestales alrededor de un riff de piano con cuatro acordes, menores y mayores, que resulta hipnótico y, combinado con las idas y venidas de sus compañeros (ese saxo final de Helliwell), conmovedor como cierre de canción, disco y, durante un tiempo, también de sus conciertos. Un final inmejorable.
Como me temía, todas las palabras que se me ocurren se quedan cortas para explicar lo que significa para mí este disco, y lo que objetivamente contiene tanto en lo musical como en sus letras. Un milagro de los que suceden en pocas ocasiones: un grupo prácticamente desahuciado que, ante su última oportunidad, saca lo mejor de sí y crea una obra maestra perdurable, sorprendente, diferente y personalísima que, de golpe, los sitúa en la élite de grupos de los 70 y de toda la historia, mal que les pese a los paladines de no sé qué autenticidad rock. Escuchad bien las guitarras de Hodgson, la percusión nunca predecible de Bob, el aroma a blues de las canciones de Davies, el toque progresivo, las exquisitas armonías, la forma en que evitan caer en la comercialidad fácil despistando al oyente con cambios de todo tipo sobre la marcha, y decidme que esto no es rock del bueno. Y si no lo fuera, tampoco importa. Son Supertramp y tienen su propio estilo, tan personal e inimitable que casi nadie se atreve a hacer versiones de sus canciones. ¿Conocéis alguna? Pensadlo bien.
Ya lo decían ellos: «If everyone was listening«. Escuchad esto, escuchad. Estremece pensar que este disco estuvo a punto de no existir nunca. Menos mal que la industria musical de entonces no era la de hoy.
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