
En la primera mitad de los 60 Inglaterra se dispuso a volver a colonizar este territorio díscolo que se les había independizado un par de siglos antes. Esta vez, sin embargo, las armas serían las canciones y los soldados una multitud de grupos que, encabezados por Los Beatles, arrasaron con casi todo en los Estados Unidos. No en vano aquello se llamó la «British Invasion». Una enorme cantidad de adolescentes flipaban con lo que veían en la tele, y algunos llamaban a las emisoras de radio preguntando si en los USA no había algo parecido. Estaban los Beach Boys y estaba Bob Dylan, pero lo de los Beatles y compañía era otra cosa. Cuando llegaron las películas A Hard Day’s Night (1964) y luego Help! (1965), aquello ya fue la locura. Había que hacer algo.
La maquinaria norteamericana del show business, que para eso son los mejores del universo, se puso a funcionar. Entre Columbia, Screen Gems y el productor Don Kirshner trazaron el plan perfecto: crearían a los Beatles americanos. Tendrían su propia serie en televisión, todo el engranaje de compositores del Brill Building estaría a su servicio para sacar éxito tras éxito, venderían millones de discos… Pero faltaba lo más importante, el grupo. Tras tantear a unos entonces debutantes Lovin’ Spoonful, se hizo un casting para encontrar a las copias de John, Paul, George y Ringo. Los elegidos fueron Michael Nesmith, Peter Tork y Micky Dolenz, quienes compartirían grupo con Davy Jones, músico a sueldo de Columbia que daba bastante el pego como guaperas oficial del grupo. Se llamarían The Monkees. Todos ellos tenían cierta experiencia y alguno incluso componía, pero la idea no era precisamente explotar su talento. Además en los primeros ensayos se vio que estaban algo verdes, así que ellos pusieron la imagen pero otros músicos de sesión grabaron las canciones. Con temas como «Last train to Clarksville» y sobre todo «I’m a believer» (compuesta por Neil Diamond), además de un par de discos donde los muchachos solo ponían las voces y alguna composición propia, se desató la Monkeemanía.

Pero entonces ocurrió algo inesperado: los chicos no se conformaban con llegar una y otra vez al número uno con canciones ajenas y sin tener protagonismo en sus discos. Perfeccionaron su técnica musical y compositiva, y trataron de llegar a un acuerdo con el sello y con Kirshner para ser ellos quienes tocaran en los discos y para componer más canciones. El sello aceptó pero Kirshner se salió del proyecto para repetir el intento con los Archies. Esta vez no habría posibilidad de discusiones: al ser dibujos animados, ellos no se le iban a rebelar.
En fin, la jugada salió bastante bien: su tercer disco, Headquarters, vuelve a llegar al número 1 en USA y Canadá. En Inglaterra llegó al número 2 porque apenas unos días después de publicarse allí el disco de los Monkees salió el nuevo disco de los Beatles: Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band. Mala suerte, amigos.
Para el siguiente álbum la grabación del disco coincidió con la de la serie de TV, cada vez más popular. Por ello tuvieron que recurrir, esta vez de forma voluntaria, a músicos de sesión y canciones escritas por otros. De todos modos, Pisces, Aquarius, Capricorn & Jones Ltd es igualmente un gran disco, una pequeña joya del pop sixties con influencias de otros estilos y algunas sorpresas tecnológicas, como por ejemplo uno de los primeros usos del sintetizador Moog en un disco de pop.
El disco se abre con «Salesman», una gran canción que, dicen, Nesmith le birló a un grupo local. De todos modos la interpretación de los Monkees es espléndida y hace olvidar la bisoñez de sus inicios. «She hangs out», un tema cuyos créditos ponen los pelos de punta (Jeff Barry, Ellie Greenwich, Jerry Leiber, Mike Stoller), fue reelaborada por la banda para darle un toque personal que le sienta muy bien, entre el pop de manual y el rock de garaje. La cosa funciona, como también «The door into summer», resultona y pegadiza al estilo de los primeros Byrds. Tampoco podía faltar el toque de psicodelia en un año como aquel 1967, así que «Love is only sleeping» (de Barry Mann y Cynthia Weil) cumple con esa cuota, al tiempo que recuerda a los Beatles más psicodélicos. También recuerda algo a los de Liverpool, en su faceta más juguetona, «Cuddly toy», composición del entonces principiante (y programador de computadoras) Harry Nilsson.
«Words» es la canción que menos me gusta del disco. No está mal, pero parece querer atender a demasiadas cosas y lo deja todo incompleto, en mi opinión. Más agradable me resulta la tranquila «Hard to believe», puro pop 60s al estilo de Gene Pitney, por ejemplo. En «What am I doing hangin’ ‘round» recuperan su esencia americana con este mínimo toque British que los hacía especiales. Como si combináramos a The Kinks con The Byrds, aunque es una comparación algo exagerada. La canción suena a country rock antes de que The Byrds, otra vez, lo popularizaran.
En un disco de 1967 era inevitable que apareciera alguna chorrada, y aquí tenemos los 30 segundos de balbuceos entrecortados frente al micrófono de Peter Tork en «Peter Percival Patterson’s Pet Pig Porky». Pronto lo compensan con la deliciosa «Pleasant Valley Sunday», obra de Gerry Goffin y Carole King inspirada en New Jersey pero que podría perfectamente ser obra de Ray Davies y estar inspirada en alguna aldea o suburbio británico.
La sombra de los Beatles vuelve a asomar en «Daily nightly», compuesta por Michael Nesmith, y que es la canción donde utilizan el sintetizador Moog para hacer algunos efectos. También es de Nesmith la siguiente canción, «Don’t call on me», una tierna y emotiva balada (aunque parece una especie de broma, con esa atmósfera de falso directo) que podría haber sido un éxito en manos de los Walker Brothers o incluso los Everly Brothers.
La versión original del disco se cierra con «Star collector», otra canción de Goffin/King que, parece ser, critica el mundo de las «groupies». Una buena pieza pop para acabar la escucha de un disco que deja sensaciones diversas: buenas canciones, bien interpretadas, un estilo a medio camino entre lo genuinamente americano y toques de excéntrica englishness, algunos momentos de incómodo déjà vu… Pero, al final, un disco que nos da a conocer a The Monkees como un grupo más allá de los castings, las series y la imagen prefabricada que, por desgracia, muchos tenemos de ellos.
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