Billy Joel – Turnstiles (1976)

Hace unos días estuve viendo el primer episodio del documental Billy Joel: And So It Goes, emitido por HBO. Estamos hablando de uno de mis artistas favoritos, así que no me lo podía perder. El documental no revela grandes secretos, su historia ya es más o menos conocida, aunque algún momento interesante o revelador sí que hay. Cuando la narración llega a Turnstiles (Columbia, 1976), sentía curiosidad de conocer más detalles sobre el motivo por el que fracasó tan estrepitosamente en su momento. A mí siempre me ha parecido uno de sus mejores discos, pero cuando salió apenas llegó al puesto 122 del Billboard y fue considerado un fracaso comercial por Columbia Records. Por lo visto no gustó que Billy Joel tomara las riendas, echara al productor y músicos impuestos por Columbia (parte de la banda de Elton John, nada menos) y se fuera a Nueva York a regrabarlo con su banda de directo y produciéndolo él mismo. Tampoco gustó que la enorme libertad creativa que el compositor siempre sintió en su interior pudiera plasmarse sin tapujos en este disco. En fin, que todo lo que yo considero aciertos fue criticado. He creído, pues, que es un buen momento para justificar por qué considero Turnstiles una de las cimas de la discografía de Billy Joel.

Pongámonos en contexto. Billy Joel viene de intentar conquistar el país desde Los Angeles, con toda su parafernalia de estrellas del rock que, por lo visto, a él no le gustaba nada. Sus tres discos anteriores, Cold Spring Harbour (Columbia, 1971), Piano Man (Columbia, 1973) y Streetlife Serenade (Columbia, 1974) pasaron sin pena ni gloria por las listas. Solo la canción «Piano man» tuvo cierta repercusión, aunque el disco del mismo nombre (de ese hablaré otro día) es magnífico. Su disco de debut se vio perjudicado por una masterización horrible, mientras que en Streetlife Serenade, cuando parecía que había alguna posibilidad de llegar a algo, el propio Billy la boicoteó con «The entertainer», canción en la que se mofaba y quejaba de una industria musical que, era la sensación que todos tenían, lo estaba cuidando y mimando con paciencia a pesar de sus repetidos fracasos.

Columbia veía algo en Billy, confiaba en sus posibilidades como compositor, así que insistió una vez más. Para el nuevo álbum puso al mando al productor de la casa, James William Guercio, ante la negativa de Billy Joel a seguir trabajando con Michael Stewart con el que Billy no estaba contento; pensaba que Stewart estaba demasiado centrado en su faceta de pianista mientras que él quería hacer rock, llevar la energía de sus directos al disco. Columbia puso además a disposición de Billy nada menos que a la sección rítmica de un Elton John en la cumbre de su carrera. Ya sabéis, Nigel Olsson (batería) y Dee Murray (bajo). Palabras mayores, pero si conocéis un poco la carrera de Billy Joel sabréis que si quieres joderle el día lo mejor que puedes hacer es compararle con Elton John, así que aquello estaba condenado al fracaso antes de empezar.

Y fracasó. Billy quedó descontento con el resultado final y tomó una de esas decisiones impulsivas que, para bien o para mal, han marcado buena parte de su carrera. Despidió a todo el mundo, llamó a sus músicos de Long Island que formaban su banda de directo, y decidió regrabar el disco y producirlo él mismo a pesar de no tener ninguna experiencia. Billy sentía una fuerte vinculación con una Nueva York a la que acababa de volver desencantado del supuesto glamour de Hollywood, quería que Turnstiles fuese su disco neoyorquino definitivo: enraizado en sus calles, ecléctico, orgulloso. El problema, en su momento, fue que el impetuoso Billy se pasó de frenada ajustando cuentas.

El disco se abre con la primera pulla: «Say goodbye to Hollywood» arranca con su famosa intro copiada del «Be my baby» de Ronettes, supongo que una reivindicación de su reencuentro con Nueva York. A partir de ahí Billy Joel arremete sin piedad contra el star system de la Costa Oeste, repudiando su pasado y celebrando su vuelta a casa junto a su esposa, manager y gran impulsora de su carrera en estos años, Elizabeth Weber. Primera mueca en las caras de los directivos de Columbia. Como contrapartida, la bella balada «New York state of mind», compuesta en el autobús que le llevaba de regreso al Este, se deshace en elogios hacia su ciudad natal comparándola, de nuevo, con la decadencia de Hollywood:

I’ve seen all the movie stars
In their fancy cars and their limousines
Been high in the Rockies under the evergreens
But I know what I’m needing
And I don’t want to waste more time
I’m in a New York state of mind

La cosa empezaba a ponerse fea. Nadie en su sano juicio que viviese al oeste de las Rocosas iba a comprar un disco donde se le ponía a caldo. «Summer, Highland Falls», que toma su nombre de la primera residencia de Billy Joel a su regreso a Nueva York, es más poética y recatada, un recuerdo bonito a todo lo que había pasado junto a su pareja y una mirada esperanzadora hacia lo que estaba por llegar. Incluso el hecho de que Nueva York fuese un completo desastre a mediados de los 70 fue utilizado por Billy Joel para volver a meter el dedo en el ojo a los angelinos: «Miami 2017 (Seen the Lights Go Out on Broadway)» fue escrita cuando todavía residía en Los Angeles, pero era una reacción contra las burlas que escuchó allí sobre los problemas que atravesaba la Gran Manzana. Una exagerada fantasía apocalíptica de destrucción y caos que buscaba, de nuevo, mofarse de la supuesta superioridad californiana.

A estas alturas ya quedan claras varias cosas. Primera, que fue un acierto apostar por sus músicos de directo, ya que la energía que transmite el disco, incluso en sus momentos más íntimos (ese solo de saxo de Cannata en «New York state of mind» no hubiese sonado igual en manos de un músico de sesión), es desbordante y contagiosa. La producción puede ser imperfecta, Billy era un novato en ese sentido, pero por eso mismo resulta próxima, evocadora y sincera.

En «James», otra bonita canción tocada con piano eléctrico, vuelve el Billy Joel agrio. No sabemos exactamente quién es James, parece ser un viejo amigo de juventud, pero lo pone bastante a caldo criticando su dedicación a un trabajo estable para sacar adelante a una familia. Quién sabe, igual Billy usa al tal James como excusa para reflexionar sobre su propia vida: ¿Estaré haciendo lo correcto? ¿Vivo para cumplir mis sueños pese a todo, o para cumplir los sueños de los demás? Al final le suelta a James una frase que todos deberíamos llevar tatuada: «Haz lo que sea bueno para ti, o no eres bueno para nadie«.

Los ajustes de cuentas siguen y siguen. En «I’ve loved these days» enumera todos los placeres de una vida de lujo, supuestamente la vida que llevaba (o aspiraba a llevar) en Los Angeles: caviar, champagne, cocaína, coches de marca… Dice también que necesitaba cambiar, pero que echa de menos esos días de opulencia y desenfreno. Casi todo el mundo está de acuerdo en que, otra vez, está siendo irónico y vengativo, y que todo lo que cuenta en la canción es una sátira sobre una vida de superficialidad y exceso. Billy Joel canta con un entusiasmo que parece verdadero, pero conociendo el contexto del disco sería raro que aquí esté siendo sincero.

«All you wanna do is dance» es una de las canciones que más hicieron torcer el gesto a los críticos. No tiene nada que ver con el resto del disco salvo, otra vez, en la crítica hacia la superficialidad de ciertas vidas. El ritmo es caribeño (mucho calipso y algo de reggae, entonces de moda gracias a Bob Marley) y contrasta muchísimo con el resto de canciones. Como también está criticando a alguien «que se ha quedado en los 70«, seguimos sin saber hasta qué punto el uso de estos ritmos es sincero o de nuevo una especie de caricatura.

Finalmente (no en el orden en el que están en el disco) hablaré de «Prelude / Angry young man». La canción se abre con una demostración de virtuosismo al piano que, habiendo visto la primera parte del documental, me explico como una reacción más hacia quienes le comparaban con Elton John. Sin destripar nada importante, Billy Joel viene a decir que Elton John era más rítmico y menos clásico, mientras que él tocaba de una forma más virtuosa (lo cuenta de una forma muy gráfica, explicando que pulsa más teclas en el mismo tiempo). Ese «Prelude» es uno de los grandes momentos de sus directos, por cierto. La parte de «Angry young man» es otra vez maliciosa y satírica. En este caso la víctima es un joven idealista y moralista que, en su lucha implacable por causas diversas, termina cada vez más aislado. Billy critica su idealismo. Cabe preguntarse de nuevo, ¿Habla de sí mismo? ¿Utiliza a todos estos personajes, el joven enfadado, los superficiales angelinos, el gris James, la chica que solo quiere bailar, como excusa para resolver sus propias contradicciones? Difícil saberlo. A la crítica no le gustó no tener claro si hablaba en serio o no, así que decidió creérselo y se le echó encima por atacar el idealismo y la esperanza de los jóvenes en poder cambiar las cosas.

En fin, igual le damos demasiadas vueltas a todo. Propongo que, sin perder de vista del todo el contexto, que siempre es importante y aquí más, simplemente le demos otra escucha a este maravilloso Turnstiles y lo disfrutemos como lo que es, más allá de las intenciones de su autor: un enorme disco con grandísimas canciones, unas letras ácidas pero inspiradas y una banda en estado de gracia. Como siempre, es solo mi opinión. ¿Tú que piensas?


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