The Byrds – Fifth Dimension (1966)

The Byrds - Fifth Dimension portada

Menudo grupo eran The Byrds. Es cierto que al principio sus éxitos eran básicamente versiones de Bob Dylan, pero incluso así habría que matizar dos cosas. La primera, que gracias a esas versiones prácticamente se inventó un género nuevo, el folk-rock. La segunda, que en sus filas había músicos y compositores geniales: Gene Clark, Roger McGuinn (entonces todavía Jim McGuinn), Chris Hillman y hasta el gran David Crosby.

Una de las cosas que más sorprenden de The Byrds es la forma en que se fueron adaptando a todos los cambios de formación que sufrieron en los años 60. No solo se adaptaron, sino que aprovecharon las sinergias del grupo en cada momento para tocar diferentes estilos y siempre de forma personal y brillante. Ahí están sus discos de country rock a finales de los 60, por ejemplo.

Pero ahora estamos en 1966, y por supuesto era casi obligatorio echarle un ojo a eso que llamaban psicodelia. Lo esotérico y estimulante estaba de moda, los sonidos exóticos y por supuesto los estados alterados de la conciencia. Las Puertas de la Percepción de las que hablaba Aldous Huxley se habían abierto de par en par, y por debajo de su dintel todo tipo de personajes, con más talento o menos, genios y charlatanes, traspasaban los límites de la realidad hacia un mundo nuevo. Los Byrds, con este disco, pusieron un pie en el otro lado.

El título del disco, «La quinta dimensión», puede tener que ver con eso, con ese estado alterado de la conciencia en el que puedes ver cosas que superan las dimensiones visibles. Podría ser la propia imaginación. La canción que da título al disco habla de expandirse, de abrir la mente, de penetrar en los secretos del Universo. Los ecos de Dylan siguen presentes en el desarrollo de la canción, especialmente en la forma de cantar, pero hay sutiles toques instrumentales que sugieren cambios en la música del grupo.

En «Wild Mountain Thyme», tema tradicional adaptado por la banda, los toques psicodélicos siguen siendo escasos y encubiertos. De todos modos algo en la instrumentación (esos arreglos orquestales en tremendo diálogo con la guitarra de 12 cuerdas de McGuinn) y en la forma de armonizar las voces, junto con la ausencia de un estribillo definido, genera unas texturas que trascienden el formato canción que hasta ahora habían practicado The Byrds. Una maravilla, y quién sabe si una inspiración para Simon and Garfunkel.

«Mr. Spaceman» empieza como una canción de los Beatles, luego sigue como una de Crosby, Stills and Nash (que todavía no existían) y antes de acabar revisita el country y sus instrumentos más tradicionales. De temática espacial, es un tema bastante sorprendente y pegadizo. Es sin embargo en «I see you» cuando empiezan a intuirse algunas de las características del incipiente rock psicodélico. «What’s happening?», de Crosby, es algo más tradicional, pero seguimos con ese colchón de guitarras que no suena a casi nada de lo hecho anteriormente, más bien apuntan tímidamente a lo que está por llegar.

«I come and stand at every door» es la triste historia de una niña muerta por la bomba atómica de Hiroshima. Su espíritu queda condenado a vagar por la tierra (ya ves qué culpa tendría la pobre) y nos cuenta con sus propias palabras lo que siente. La letra, basada en una poesía del turco Nâzım Hikmet, es desoladora. De nuevo hay algo en esas guitarras de fondo, esa forma de deslizar las notas de la guitarra de doce cuerdas que muchos asociamos al sonido de George Harrison en cierta época de los Beatles, que resulta repetitivo, hipnótico y sobrecogedor.

Y llega el momento de justificar por qué hablo de psicodelia en este disco si hasta ahora solo la hemos intuido. «Eight miles high» es la gran canción del disco y una de las piedras fundacionales del estilo. Ellos dicen que no habla de subidones lisérgicos, sino de una experiencia en un viaje en avión. También afirman The Byrds que no se inspiraron ni en los Beatles ni en Dylan, sino en John Coltrane. Lo que ahora vemos como una inspirada aportación al rock psicodélico parece más bien haber sido un intento de adaptar los parámetros estilísticos del free jazz al rock. Creo que ya podemos ir intuyendo que los Byrds fueron adelantados a su tiempo en muchas cosas, ganándose por derecho propio el estar en ese trío de las grandes «B» con Beach Boys y Beatles.

«Hey, Joe» se sale un poco de la hoja de ruta. David Crosby estaba bastante obsesionado con la canción, quería grabarla pero no le dejaban hacerlo. Al final Love, en su álbum homónimo, se le adelantaron. Crosby pilló tal cabreo que sus colegas le permitieron grabar la canción y meterla en este álbum. Recordemos, para seguir poniendo en perspectiva a estos muchachos, que la famosa versión de Hendrix llegaría un año después.

«Captain Soul» es un tema instrumental que hibrida el soul con el rock y el blues. La canción es el resultado de una improvisación y un reto entre los miembros del grupo. Eso, el ser fruto de una improvisación libre, es su mayor aportación a este disco. Tras ella llega «John Riley», otra adaptación de un tema tradicional que presenta una estructura extraña en la que las voces van saliendo y entrando de un primerísimo plano junto con algunos arreglos orquestales, mientras que las guitarras y la sección rítmica quedan en un segundo plano, medio ocultas y funcionando un tanto por libre.

La última canción de la versión original del disco es «2-4-2 Fox Trot (The Lear Jet Song)». A riesgo de repetirme o de parecer pesado, aquí volvemos a ver la faceta innovadora de The Byrds que no siempre se les reconoce. Más allá de que sus versiones eléctricas de Dylan o de su adaptación moderna del country, hicieron muchas más cosas. Aquí, por ejemplo, usan sonidos industriales, motores de avión, conversaciones telefónicas, sonidos de la radio… Todas esas cosas que en otros pasaban casi desapercibidas y luego los Beatles llevaban al gran público.

Yo diría que los Byrds, en Fifth Dimension, se dedicaron a jugar, a experimentar con nuevos sonidos y tendencias. También, todo hay que decirlo, a intentar compensar la baja de Gene Clark, que había abandonado la banda justo después de grabar «Eight miles high», la primera canción del nuevo álbum. Por un lado podría decirse que salieron bastante bien del problema, a pesar de la presencia de varias versiones y temas instrumentales; por otro lado, nos quedamos con las ganas de saber cómo habría sido el disco si Clark hubiese seguido en el grupo y hubiesen compuesto más canciones como «Eight miles high».

Juzgad vosotros mismos escuchando el disco a continuación.


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