Julio Verne – Miguel Strogoff

Después de leer Crimen y Castigo hace unas semanas, me apetecía leer algo más ligero. Una novela de aventuras, por ejemplo. Me decidí por Miguel Strogoff, de Julio Verne, porque cuando lo leí de niño en una edición ilustrada (Clásicos Juveniles, o Joyas Literarias Juveniles, creo que era) me causó una gran impresión. Es verdad que a esas edades uno es muy impresionable, y ese es uno de los motivos por los que he tardado tanto en releer esta novela: temía que tantos años después me defraudara al encontrarla demasiado infantil. Pues bien, no ha sido así. Lo cierto es que la he disfrutado igual o más que la primera vez, aunque esta vez he leído la edición que se incluye en la colección de aventuras del periódico El País que compré en su momento, hace ya muchos años, con la idea de aficionar a mi hijo a la lectura (y por qué no, disfrutarlos yo también).

Siendo cierto que uno no es el mismo lector a los 12 años que a los 56, y que hay libros más aptos para unas edades que otras, también es verdad que en ocasiones con la madurez consigues ver más allá y encontrarle más capas a la cebolla. Es lo que me ha pasado a mí con Miguel Strogoff. De pequeño me impresionó la capa más superficial, la de la aventura. El bueno buenísimo, el malo malísimo, las peleas, las correrías, las fugas, los peligros… Viéndolo desde ese punto de vista, uno se puede plantear si este es uno de esos libros que puedes releer una y otra vez, ya que una vez leído y conocido el argumento no hay mucho margen para la sorpresa. Bien, renunciamos a la sorpresa, pero a cambio releemos con una mirada nueva que intente hurgar por debajo de esa capa superficial, a ver si hay algo más.

No sé si decir que me ha sorprendido, pero sí que he encontrado algo más. Marcando todas las distancias posibles, Miguel Strogoff tiene también trazas de novela psicológica. Los personajes, sobre todo los principales, están muy bien definidos y su personalidad magníficamente construida. Sin perder de vista que principalmente es una novela de aventuras, permite penetrar en el interior de la mente de algunos de sus protagonistas y entender su sufrimiento, su determinación, su tenacidad, sus reacciones ante los acontecimientos. Al fin y al cabo, la novela de aventuras no se entendería si solo descansara sobre un argumento más o menos interesante: necesitamos reconocer también en ella valores como la amistad, la lealtad, el heroísmo, la generosidad. Necesitamos personajes con los que empatizar, otros a los que odiar, sentimientos que compartir y hazañas que admirar. Miguel Strogoff no funcionaría si todo se redujera a la aventura: es la facultad de sumergir al lector en ella, en los sentimientos y actitudes de los personajes, lo que hace que sea una novela tan atractiva.

A otro nivel, es de reconocer todo el trabajo de documentación (o de inventiva, difícil saberlo) que Julio Verne desarrolló para presentar la historia. Las detalladas descripciones de los paisajes, el clima, la geografía, los medios de transporte o los grupos étnicos dan la sensación, a veces, de estar ahí para rellenar páginas, pero lo cierto es que son minuciosas e informativas. Por supuesto que en este tipo de novelas no es la vestimenta de las mujeres de cierta tribu tártara lo que más nos interesa, pero ayuda a ponernos en contexto, a sumergirnos en la historia por encontrarla más verídica. En ese aspecto quizás le ocurra más o menos lo mismo, a otro nivel, que a Moby Dick, la aclamada novela de Herman Melville.

En fin, que estamos ante un libro que no aparece casi nunca en las listas de grandes clásicos de la literatura universal, pero en mi particular lista de grandes novelas de aventuras ocupa una posición más que privilegiada. Muy recomendable, aunque quizás los adolescentes de hoy ya no sean tan impresionables como yo lo era en su momento respecto a este tipo de historias tan lineales y maniqueas.


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