
David Keenan es un joven cantautor irlandés que ha publicado uno de los debuts más prometedores de lo que va de año. Un disco grabado en las montañas irlandesas que cuenta con letras sorprendentes, maduras, alejadas de los tópicos habituales. Pura poesía repleta de simbolismos, personajes enigmáticos, sentimientos a flor de piel y nostalgia de tiempos no vividos. En lo musical la cosa se pone todavía más interesante. Keenan viste sus historias con harapos («James Dean») o con lujosos arreglos, violines y percusiones broncas («Unholy ghosts»), recordando alternativamente a Tim/Jeff Buckley, Nick Drake o Waterboys. Eso en las dos primeras canciones del disco, pero las sorpresas siguen con «Altar wine», verborreica y escupida a toda velocidad mientras de fondo se alterna el folk irlandés con la electrónica, o la cruda balada al piano «Tin Pan Alley». El resto de canciones se van moviendo entre la opulencia y la brusquedad, siguiendo los esquemas establecidos por los temas mencionados. Esquemas que arropan el habitualmente arrebatado fraseo, un spoken word por momentos, de Keenan. Aunque maneja dos o tres fórmulas que se van repitiendo y acaban por no sorprender, el disco demanda oídos exigentes y devuelve abundantes aristas. Ah, y el final de «Subliminal Dublinia» es de lo mejor que escuchado este 2020.
(reseña publicada originalmente en el número de abril de 2020 de la revista Ruta 66)
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