
El escritor y pensador Aldous Huxley, famoso por su obra distópica Un mundo feliz (1932), publicó en 1954 un texto cuya importancia para el desarrollo de la contracultura puede considerarse esencial: Las puertas de la percepción. Un libro en el que el escritor hablaba de su experiencia con las drogas psicodélicas, en concreto con la mescalina. Huxley realizó una aproximación científica a la cuestión, estudiando pros y contras, llegando a la conclusión de que este tipo de sustancias contribuían a ensanchar la mente, a comprenderse mejor a uno mismo y al mundo.
El autor veía un gran potencial en la inmersión en estos estados alterados de la mente, concluyendo que a través de los mismos se podía avanzar enormemente en campos como la ciencia y el arte, pero también en otros como la religión. Según Huxley, la experiencia resultaba tan mística que allanaba el camino para el contacto con fuerzas y elementos más allá de la percepción sensorial. El título, Las puertas de la percepción, hacía referencia a unas frases del poeta del siglo XVIII William Blake: “Si las puertas de la percepción se depuraran, todo se habría de mostrar al hombre tal como es: infinito. Porque el hombre se ha encerrado hasta que ve todas las cosas a través de las estrechas grietas de su caverna”.
Haciendo referencia al mito platónico, Blake ve al hombre como sujeto a unas imaginarias cadenas que lo mantienen en la oscuridad e imagina una libertad mental total que le hiciera ver las cosas como son. Una liberación que, según Huxley, se podía encontrar en el consumo de drogas. Lamentablemente la idea de Huxley se pervirtió posteriormente, quedando la experiencia lisérgica desprovista de su aura intelectual y mística para convertirse solo en una vacía ligereza recreativa. El abuso de dichas sustancias provocó que muchas mentes no solo no se abrieran más sino que quedaran cerradas para siempre. En el proceso, sin embargo, hubo momentos en los que esas puertas se abrieron para algunos, dejando entrar un viento huracanado que, antes de barrerlo todo a su paso, plantó las semillas de algunos de los momentos más sublimes del arte y el pensamiento de la segunda mitad del siglo XX. Una de las personas que vieron la puerta abierta, y se lanzaron a atravesarla sin temor al riesgo, fue Jim Morrison. El grupo que formó con algunos colegas de la Escuela del Arte de UCLA acabó llamándose, precisamente, The Doors.
(leer el texto completo en Lecturas Sumergidas)
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