
Durante el último tercio del siglo pasado mucha gente vivió obsesionada con el año 2000. El terror nuclear, el fin del mundo, una especie de psicosis colectiva similar a la que ocurrió con la llegada del año 1000. Razones para el temor había, sin duda alguna, y por si éramos poco faltaba el llamado «efecto 2000» y la llegada del euro. Por supuesto al final no pasó nada. Bueno, casi nada: a Nick Cave sí que le afectó el cambio de milenio.
Después de amedrentar al mundo de la música con su pandilla de descarriados, los Bad Seeds, y tras publicar una serie de discos que sí que merecen el calificativo de apocalípticos, Nick Cave se fue domesticando poco a poco, siempre dentro de un orden. Al llegar la década de los 90, la treintena para el australiano, sus vaivenes sentimentales podían inferirse de su discografía de una manera casi arqueológica. O al revés, quién sabe. El caso es que desde 1990 su vida es prácticamente inseparable de su música. Empezó la década con The Good Son (1990), disco en el que celebraba su instalación en Brasil y su primer matrimonio. Se sentó al piano, medio aparcó la electricidad salvaje y abrazó cierta melancolía y un misticismo que, en realidad, siempre había estado ahí, latente. Tras un disco raro (Henry’s Dream, 1992), el traslado a Nueva York y las dudas respecto a su relación, publica la obra maestra Let Love In (1994). Quizás el inicio de los Nick Cave and the Bad Seeds más representativos. Su matrimonio se rompe, se lía con PJ Harvey, le da por las Murder Ballads (1996) y se abre en canal en The Boatman’s Call (1997). Un disco que se abría con una «Into my arms» casi profética en cuanto a sonido y estética.
Entonces llega 1997, Nick conoce a Susie Bick y un par de años después se casan. El particular efecto 2000 del australiano fue que arrancó el milenio casado, con dos hijos y dispuesto a dejar las adicciones y abrazar la vida casera. Y todo este rollo anterior era para llegar a este momento, 2001. Cuatro años de silencio eran muchos. El Nick Cave más introspectivo y sensible había decepcionado a algunos de sus seguidores más antiguos que quizás añoraban los tiempos de The Birthday Party. Se esperaba un cambio de dirección en su nuevo disco, No More Shall We Part (2001), pero no lo hubo. Y si lo hubo, fue en dirección contraria a la esperada.
Nick Cave se aferró más que nunca a su piano, aunque la aportación de las Malas Semillas para nada es desdeñable. Ahí está la guitarra de Blixa Bargeld en «Fifteen feet of pure white snow», o la maestría de Warren Ellis en los arreglos de cuerda, especialmente en «Oh my Lord». Aunque, insisto, hay que escuchar ese piano. Esas cuatro o cinco notas que se repiten al principio de la doméstica y poética pero también inquietante «As I sat sadly by her side» se te meten en la cabeza y te preparan para que ya casi no puedas escuchar otra cosa a lo largo del disco. De hecho diría que esa pequeña melodía se repite en otras canciones, aunque quizás no sea verdad.
En este disco Cave también dejó las puertas abiertas de par en par a una espiritualidad que hasta entonces iba dando a entender casi a cuentagotas pero que aquí es evidente. Ahí están las canciones «Hallelujah», «God is in the house» o la mencionada «Oh my lord», además de la plegaria latente en «No more shall we part» y ese Oh my Lord que se repite insistentemente en «Fifteen feet of pure white snow». El Cave más terrenal y romántico también tiene cabida, desde luego. Cuando habla del amor, desde diversos puntos de vista, las letras se vuelven incluso más poéticas. Un buen ejemplo es la maravillosa «The sorrowful wife», que empieza suave al piano hasta que la banda irrumpe por sorpresa y lo deja todo patas arriba. Y qué decir de «Love letter», que combina ambas facetas de Nick Cave, la terrenal y la mística, además de la epistolar que ya había manifestado en trabajos anteriores. Sin olvidarnos de la gran aportación vocal de las hermanas McGarrigle, por supuesto.
Todo lo comentado nos deja desarmados y rendidos a un disco solemne, de una calma tensa, introspectivo y reflexivo, que de alguna forma sienta las bases de lo que será su música durante el siglo XXI hasta llegar al Cave mesiánico de sus conciertos de los últimos años. Un Cave que se puede rastrear, veinticinco años atrás, hasta por ejemplo el tema que cierra el disco, «Darker with the day».
Si te da alergia este Cave, si preferirías que se hubiese quedado para siempre en sus veintipocos haciendo From Here To Eternity una y otra vez (no pasa nada, hay grupos míticos que apenas han variado su estilo en medio siglo), entonces este no es tu disco. No debes preocuparte por ello. Para mí No More Shall We Part es una de sus cumbres, pero si de algo andan sobradísimos Nick Cave y sus Bad Seeds es de eso, de cumbres, así que tienes donde elegir. En cualquier caso yo le daría una oportunidad si no lo has escuchado a fondo o si no te convenció en su momento pero no te niegas a volverlo a intentar. Y si no lo has escuchado nunca, desde luego me parece imperdonable. Y si ya lo has escuchado y te gustó tanto como a mí, siempre es un buen momento para repasarlo.
Estés en el caso que estés, te invito a dejarte seducir por el ambiente otoñal, nocturno, apasionado y poético de No More Shall We Part. Aquí te lo dejo, como siempre, para que puedas escucharlo.
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