
¡Ay! El disco de la discordia. Para muchos fans del rock progresivo, el inicio de la decadencia de la Electric Light Orchestra. Para los fans de su etapa más comercial, su primer gran álbum. Yo estaría más con los segundos que con los primeros, aunque aprecio mucho sus primeros cuatro discos. Pero entiendo que este Face The Music es, más o menos, una evolución natural en función del contexto de los 70 y, sobre todo, del contexto del propio grupo.
Lo de «seguir donde lo dejaron los Beatles en I am the walrus» era un buen eslogan y una buena idea: combinar el sinfonismo vanguardista con el pop. Sin embargo, creo que era más cosa de Roy Wood que de Jeff Lynne. Si uno compara lo que los Move de Roy Wood estaban haciendo en 1966/1967 con la música de Jeff Lynne con The Idle Race en (más o menos) el mismo periodo, creo que queda bastante claro que Wood era el vanguardista y Lynne el enamorado del rock and roll y del pop. No obstante, cuando ambos vuelven a unirse primero en The Move y después formando la Electric Light Orchestra, supieron combinar sus fuerzas encontrando un equilibrio entre ambas tendencias. El resultado, un híbrido de sinfónico y progresivo: rock sinfónico algo más accesible que lo que hacían por ejemplo Emerson, Lake & Palmer, y rock progresivo con referencias artúricas y místicas pero con un pelín de desnivel hacia el tipo de pop que más tarde haría despegar por ejemplo a Supertramp.
Así fue durante los dos primeros álbumes de la ELO, y por inercia también en el tercero a pesar de que Roy Wood ya había abandonado el grupo para formar Wizzard. A la altura de Eldorado (1974), sin embargo, las cosas empezaron a cambiar. Lynne es consciente de su liderato, y empieza a moldear al grupo a imagen de la música que tenía en su cabeza: barroca, orquestal y sinfónica, sí, pero también tremendamente melódica y pegadiza. Aquel disco fue la bisagra entre las dos caras de la ELO, y Face the Music (1975) fue la consolidación de la propuesta sonora de Jeff Lynne.

Aquí encontramos a la formación clásica de la banda en su etapa más gloriosa: el propio Jeff Lynne, Richard Tandy, Bev Bevan, Hugh McDowell, Mike Kaminski, Kelly Groucutt y Melvyn Gale. Juntos, comandados por Lynne, se lanzaron a esta pequeña odisea (poco más de media hora) que arranca, una vez superada la impresión de ver una silla eléctrica en la portada, con un recitado de Bev Bevan reproducido al revés. Una pequeña burla a quienes encontraban mensajes satánicos en todos los discos de rock más o menos elaborado. Pronto vuelven a la música y suena «Fire on high», un excéntrico instrumental donde comparecen coros tipo Carmina Burana con pasajes del Mesías de Handel , guitarras de flamenco rock y esos arreglos de cuerda que serán marca de la casa en los años siguientes. Como también lo serán las baladas: aquí está «Waterfall» siguiendo la senda abierta por «Can’t get it out of my head» en su anterior álbum. «Waterfall» no tuvo tanto éxito, pero para Lynne está entre sus composiciones favoritas.
Y también están los «hits», claro. «Evil woman» es uno de ellos, el primero, de hecho. Una perfecta combinación de rock clásico, pop y hasta música disco con arreglos orquestales que ya difícilmente puede definirse como rock sinfónico. Lynne ha sacrificado definitivamente su parte progresiva/sinfónica en los altares del pop, pero en el proceso crea una música nueva, una marca personal difícilmente imitable a la que seguirá fiel en producciones propias y también ajenas.
«Nightrider», con un título que es un guiño a su primera banda (que se llamaba The Nightriders antes de convertirse en The Idle Race), cuenta con la novedad de que Kelly Groucutt, el nuevo bajista, canta algunos pasajes. Una canción poco conocida dentro de su repertorio pero espléndida muestra de su nuevo y exitoso estilo. Un estilo por el que muchos les califican como una copia de los Beatles, obviando la diferencia entre tener unas referencias musicales y ser una vulgar copia. Lynne nunca ha negado lo que aquí ya es evidente: el slogan antes referido sobre «I am the walrus» sonaba bien, pero él era más de McCartney.
«Poker» es la canción más acelerada del disco, su pieza rockera del álbum. Una costumbre que también se mantendrá más adelante, aunque en ocasiones esas canciones parezcan metidas un poco con calzador. «Poker» de todas maneras es pegadiza y da buen rollo. Choca un poco la combinación de los arreglos de cuerdas con guitarras de hard rock y ritmos tan potentes, pero el resultado es bastante bueno. De las letras no estoy hablando demasiado porque no eran el fuerte de Jeff Lynne: aquí mezcla una partida de póker con el juego del amor. Nada destacable, también en cuanto a las letras Lynne bebía muchas veces del rock más simple en esta etapa del grupo.
«Strange magic» es el otro pelotazo del disco. Una canción que vale la pena escuchar con atención, con un buen equipo o auriculares, porque el juego de guitarras es espléndido. Por un lado la guitarra eléctrica que parece compadecerse, casi llorando, en combinación con el piano; por otro, la acústica de doce cuerdas de Lynne creando raros efectos jugando con sus pedales. Una contraposición de ambientes que, desde luego, le da a la canción un ambiente extrañamente mágico, con todos los instrumentos recibiendo un tratamiento no muy usual en el rock.
«Down home town» es otra muestra del eclecticismo de Lynne, aunque aquí igual se pasó de frenada un poco. Creo que muchos estarán de acuerdo en que es la más floja del disco, con un aire country que no acaba de despegar y al que no le pegan esas fantásticas producciones de Lynne, en mi opinión. No es mala, pero al lado de sus compañeras de disco queda bastante retratada. Pero, por si nos hubiera dejado mal sabor de boca, el disco se cierra con «One summer dream», otra de las maravillas ocultas de la ELO. Es la canción más larga de Face the Music con sus casi seis minutos, pero a mí al menos no se me hace larga. Sus partes instrumentales son una delicia, y la forma de cantar de Lynne es emotiva como pocas veces antes, impulsada como tantas veces por unos arreglos infinitos. La letra, sin que sirva de precedente, es muy poética. El ritmo constante, con la guitarra acústica de Lynne doblada con la percusión de Bevan, será otra de las señas de identidad del grupo en sus mejores años.
Y así acaba el disco que dividió a los fans de la ELO, dejando atrás a muchos de los que admiraban sus primeros discos y ganando para la causa a los que llegaron después. Para mí sería objetivamente uno de sus dos o tres mejores discos, aunque yo les tenga más cariño a Discovery (1979) y Time (1981) porque los viví en directo. Es innegable, de todos modos, que este Face the Music es una de las cumbre de la ELO y que inauguró su etapa más exitosa.
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