
The Kinks tienen una extraña aureola de «grupo de culto», o «para iniciados», que en mi opinión no les hace justicia. Son dueños de una gran cantidad de canciones brillantes, singles potentes y grandes discos. Con «Sunny afternoon» lograron desbancar del número 1 en las listas británicas a los mismísimos Beatles y su «Paperback writer». En los sesenta podrían haber comido en la mesa de los mencionados Beatles, los Stones, The Who, los Beach Boys… Pero algo pasó. O tal vez fue una combinación de factores. Por un lado, podría decirse que sus discos de los últimos 60 eran demasiado británicos. Cuando todo el mundo se dirigía a San Francisco con flores en el pelo, los hermanos Davies hacían el camino opuesto, adentrándose en la más añeja tradición de su país, Inglaterra. Por otro lado su trayectoria fue demasiado agitada y conflictiva en aquellos años, incluyendo un baneo en los Estados Unidos.
La verdad es que esa mirada introspectiva hacia su país fue casi forzada. Diversos incidentes en su gira norteamericana de 1965 les valieron un veto para actuar en los Estados Unidos, de forma que no podían promocionar allí su música. Mientras, en su patria, los sencillos (en general no incluidos en los discos) tenían más éxito que sus álbumes. Algunos los consideraban un grupo de singles, algo que, desde luego, hoy tenemos claro que era una apreciación equivocada. Sin giras, ya que durante un tiempo tampoco lo hicieron por Gran Bretaña, Ray Davies tuvo tiempo para reflexionar y componer.
Reflexionar sobre las tradiciones de su país, y componer canciones en un estilo también entre tradicional y moderno. Ray ya había escrito sobre los típicos caracteres anglosajones, por ejemplo en «A well respected man», con un tono satírico. Pero esta vez no se trataba de una canción aislada, sino que se encontró con un puñado de ellas que reflexionaban, quizás no tan satíricamente, sobre una Inglaterra añorada, perdida en el tiempo, casi imaginada. La primera canción que compuso para este proyecto, «The Village Green», pudo haber entrado en su disco Something Else (1967), pero no lo hizo. En su lugar, Ray Davies barajó la opción de un disco en solitario, pero finalmente todas sus historias sobre esa Inglaterra apegada a las tradiciones, con sus mitos y sus manías, tomaron forma en este disco.
The Kinks Are The Village Green Preservation Society se publica cuando el mundo está mirando para otro lado y la música cada vez se está complicando más. The Kinks hacen lo contrario, la simplifican. Este disco es lo que podría haber sido el Sgt. Pepper’s si hubiesen dejado a McCartney rellenarlo con sus canciones «de vieja» (es lo que decía Lennon), sus miradas a la tradición y sus acercamientos al music hall, y se hubiesen olvidado de experimentar con las drogas y las infinitas posibilidades del estudio de grabación.
La canción que le da título al disco ya nos da a entender que estamos ante un álbum anacrónico, alejado de la actualidad. Algo que la gente no acabó de entender pero que cierta crítica sí que apreció. «Do you remember Walter?», una nostálgica canción sobre una amistad de niñez, la podría haber escrito (insisto) McCartney perfectamente. «Picture book» es otra mirada melancólica al pasado, en esta ocasión con la excusa de un viejo álbum de fotos. La canción es muy pop, bastante pegadiza, muy británica. Es lo que estaban haciendo los Beatles con temas como «Penny Lane», pero lo que en el cuarteto de Liverpool era la excepción, entre tanta bruma psicodélica y experimentos vanguardistas, aquí era el contexto en el que se movía todo el disco.
Esa excesiva englishness que se le achaca al disco se evapora momentáneamente en «Johnny Thunder», que habla sobre un personaje de cómic americano, un motero típico de aquel país, y en «Last of the the stea-powered trains», con su delicioso toque de R&B y sus historias sobre viejos trenes. «Big sky» no es muy conocida y, para mí, es de las mejores del lote con su particular narrativa y su perezoso estribillo. «Sitting by the riverside» vuelve de nuevo la mirada hacia Europa y sus tradiciones. «Animal farm» coge su título de la novela de George Orwell, pero hace referencia de nuevo a una especie de vida idealizada en el campo, lejos de las presiones de la gran ciudad. El hilo temático del disco está ahí, más presente en unas canciones que en otras, pero no creo que podamos decir que estamos ante un disco conceptual como tal, de la forma que tampoco lo era el Sgt. Pepper’s. Pero entonces llega la canción «Village Green» y me desmonta la teoría, porque es otro lamento sobre las tradiciones perdidas que sumar a la lista. The Kinks se mostraban como los preservadores de esa tradiciones, y aunque en ocasiones no se sabía si lo hacían en serio o de forma irónica, en la segunda mitad de los 60 ser tradicionalista equivalía a ser reaccionario, nostálgico de tiempos anteriores nada añorados por la juventud.
En la tercera parte del disco encontramos historias sobre gatos viajeros («Phenomenal cat»), brujas («Wicked Annabella»), homenajes al sonido Motown que quizás anticipen el movimiento Northern Soul («Starstruck»), otra incursión muy McCartney en el music hall y en las amistades («All of my friends where there») y algo parecido a una canción con ritmos latinos («Monica»). El disco se cierra con «People take pictures of each other», una canción de ritmo pegadizo que retoma el asunto de las fotografías pero esta vez con una narrativa más sarcástica y crítica. De haberse llamado People take pictures of themselves sería una gran canción de anticipación sobre la fiebre de los selfies.
The Kinks Are The Village Green Preservation Society jugó en otra liga donde no estaban los ganadores, era el equivalente a un Brexit musical. Hablaba de preservar la vida rural y la virginidad en tiempos del amor libre y la migración a las grandes urbes. En fin, que el disco llegó demasiado tarde o tal vez demasiado pronto, pero nosotros, con la perspectiva que nos da el tiempo, sí que lo podemos apreciar en lo que vale.
Descubre más desde Música Para Leer
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
Deja un comentario