Jimi Hendrix – Electric Ladyland (1968)

En la historia del rock hay grandes discos entre cuyos surcos se filtra el caos, el desmoronamiento de un grupo o la megalomanía de sus autores. Electric Ladyland, el último álbum de Jimi Hendrix con su Experience, tiene un poco de todo ello. El genial guitarrista concibió este trabajo como un vehículo para demostrar que era algo más que un superdotado mago de su instrumento. Hendrix se ocupó de las tareas de producción, entusiasmado con los nuevos avances tecnológicos que llegaban a los estudios de grabación, y lo cierto es que la jugada le salió bien. Que la Jimi Hendrix Experience se deshiciera como un azucarillo a lo largo de la grabación se puede considerar como un daño colateral, el precio que había que pagar para que Hendrix viera plasmado en disco el sueño que tenía en su cabeza.

La cantidad y calidad de colaboradores que pasaron por el estudio para poner su grano de arena en esta obra maestra es impresionante: desde Brian Jones a Steve Winwood, pasando por Al Kooper o Buddy Miles. El resultado es abrumador, un álbum ambicioso que tiende puentes entre la psicodelia, el hard rock y el blues poseído por un espíritu libre y vanguardista. Uno podría quedarse a vivir en los quince minutos de «Voodoo Chile», pero todo el disco es un tremendo viaje lisérgico, experimental y eléctrico, como atravesar todos los Estados Unidos dentro de un cable de alta tensión. Además, no olvidemos que este disco contiene la que quizás sea la mejor versión de Dylan jamás hecha. Hablo, por supuesto, de «All along the watchtower».

(Texto publicado originalmente en el número de octubre de 2018 de la revista Ruta 66)

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