Tom Verlaine – Songs and other things (2006)

Este pasado fin de semana me enteré del fallecimiento de Tom Verlaine, líder y guitarrista de Television. Una banda que, aunque no se puede decir que haya sido ignorada por la historia, merecería mayor fama a pesar de su corta vida (dos álbumes a finales de los 70 si no contamos su breve reunión en los 90). Su disco de debut, Marquee Moon, está considerado una obra maestra y con razón. Pero como seguramente leerás y escucharás a mucha gente hablar de ese disco, o de su debut en solitario, yo quiero recordar otro trabajo de Tom Verlaine. Uno que me impactó bastante más que los anteriormente mencionados, seguramente porque no esperaba ya gran cosa de él y pensaba que su momento había pasado.

Y sí, seguramente su momento para abrir caminos y resultar influyente para las nuevas generaciones había pasado ya. Pero de repente, en 2006, me encuentro con este disco titulado Songs and Other Things y me puede la curiosidad. Esa forma de entrar en un disco, sin esperar nada, sin condiciones previas ni prejuicios establecidos, me sigue pareciendo la mejor de todas. Las alegrías que te puedes llevar son impagables.

Songs and Other Things es un disco que, incluso para 2006, resulta de alguna manera avanzado. Por otro lado, también suena a clásico, pero a esos clásicos que quedan algo fuera del radar. La culpa de que suene a clásico, por supuesto, la tiene la guitarra (y la voz, pero sobre todo la guitarra) de Tom Verlaine. Una guitarra, excepcionalmente manejada como ya era de esperar por parte de uno de los mejores guitarristas de lo que podríamos llamar rock alternativo, que teje texturas que inquietan y al mismo tiempo arropan las crípticas letras de Verlaine. Sin solos vertiginosos ni pirotecnia innecesaria, como también era de esperar.

La atmósfera oscila entre lo sublime, lo idílico, lo oscuro y lo casi infernal. Empezar con un instrumental, «A parade in Littleton», es una maniobra arriesgada (ahora, con la gente escuchando los 30 primeros segundos de la primera canción para ver si se decide a escuchar el resto del disco, sería directamente suicida) pero a Verlaine no le importa. Parece decir, «aquí está mi guitarra, puede hablar por mí y es como si hablara yo mismo». Los efectos hacen que la guitarra a veces parezca sonar como un teclado. Siguen a continuación canciones que, como he comentado, parecen vivir en el desasosiego: «Heavenly charm», «Orbit», «Blue light»… Más que canciones parecen conjuros con los que invocar a los espíritus de Lou Reed y David Bowie. Hay algo amenazante pero también sensual en ese modo de enfocar una canción.

«From her fingers» sigue por parecidas sendas, aunque dejando entrar un rayo de luz por las rendijas que deja esa interpretación sinuosa, entrecortada. Algo más suave, también. Con «Nice actress» regresa la oscuridad, los punteos de vudú y de estepa siberiana como el que arranca tras la memorable frase «never said you were some fucked-up actor, but there is a hidden factor«. En «A stroll» nos ofrece otra memorable interpretación instrumental y vocal. De nuevo, he de insistir, sin virtuosismos aparentes, simplemente creando un ambiente, un estado de ánimo. Más directa y al tiempo emotiva es «The earth is in the sky», con un Verlaine que manda a su voz a que asuma el protagonismo, aunque sea por unos minutos. La maestría de Verlaine a la hora de generar ambientes con su guitarra y completarlos con sus letras queda de manifiesto en «Lovebird asylum seeker», que suena exactamente a lo que parece indicar en su título.

«Documentary» es mi canción menos favorita del disco, aunque no desentona tanto cuando la escuchas varias veces. A partir de aquí uno podría pensar que el disco va perdiendo coherencia: «Shingaling» descansa casi tanto sobre la percusión como sobre la guitarra de Verlaine; «All weirded out» se deja de sutilezas y embiste con una mezcla de rock, blues y pop que recuerda a tiempos mejores en cuanto a fusión de estilos; finalmente, «The day on you» tiene algo de fronterizo, inesperado sabor a tierra que hasta ahora había quedado muy en segundo plano detrás de esos ambientes fantasmagóricos y velvetianos de sus predecesoras. El cierre con «Peace piece» no aporta gran cosas salvo una nueva demostración de la forma en que Verlaine sabe crear todo tipo de ambientes con los sonidos que extrae de su guitarra. Hay que hablar también de los músicos que acompañan a Tom Verlaine en este disco: entre ellos están viejas glorias como Jay Dee Daugherty, habitual de los discos de Verlaine en solitario y exmiembro del Patti Smith Group, o el bajista Fred Smith, que hizo viaje de ida-vuelta de Blondie a Television y que también ha tocado tanto con Verlaine como con Richard Lloyd en sus respectivos álbumes en solitario.

Y así acaba un disco que debería ser más recordado, y que para mí está a un nivel de calidad que iguala a otros álbumes de Tom Verlaine en solitario con más nombre. Una pena que no esté en Spotify para poder dejar aquí enlace de escucha. Pero bueno, siempre se puede realizar ese acto tan subversivo de comprar un disco. Y si no, en YouTube están la mayoría de las canciones mencionadas. Os dejo con algunas de ellas.


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