The Kinks – Something else by The Kinks (1967)

Cuentan las crónicas que, en su momento, este Something Else By The Kinks (1967) fue considerado como un paso atrás para la banda. Al menos comercialmente sí que lo fue. En lo artístico, como ha sido siempre habitual, hay que verlo con la perspectiva que da el paso de los años. Esos años que, según van avanzando, van desvelando verdaderas obras maestras que en su momento quizás fuesen demasiado avanzadas para su época. Curiosamente, en el caso de los Kinks el problema parece tratarse de todo lo contrario. ¿Un pop costumbrista, de raíces clásicas, hablando (para bien o para mal) de vetustas tradiciones puramente británicas?¿En el año del Sgt. Pepper’s y el disco del plátano?

Aunque haya quien prefiera otros discos, algo totalmente respetable, creo que todos estamos de acuerdo en que Something Else es una de las grandes obras de los Kinks. Quizás lo sería todavía más, de forma más unánime, sin un cierto sentimiento de irregularidad que se aprecia en su segunda mitad. De alguna manera es lógico: si entre la canción que abre el álbum («David Watts») y la que lo cierra («Waterloo sunset») se pudiera mantener siempre ese mismo nivel, estaríamos hablando de uno de los 3 mejores discos de todos los tiempos. Eso no significa que no haya que tener en cuenta maravillas como «Death of a clown», obra en este caso de Dave Davies, con su preciosa intro y su espléndida melodía. «Two sisters» es otra preciosidad con otra bonita intro y una melodía vocal que no por repetitiva deja de perder su encanto. ¿Y qué decir de «No return», que parece menor en comparación con las anteriores pero encandila con su melodía de mecedora, con su sonido por momentos cercano a la bossa nova? Parece claro que para los Kinks, aunque no quisieran ponerse en cabeza de las vanguardias y las novedades de su momento, ninguna de estas les eran ajenas.

El sonido más tradicional, más procedente quizás de las raíces del folk británico, de «Harry Rag» es sorprendente. Lo es sobre todo en su contexto, aunque los Beatles jugaran también con esos guiños a la tradición en un entorno de modernidad en alguna canción de su aclamado Sgt. Pepper’s. En cualquier caso, lo que en los de Liverpool era excepción con los hermanos Davies parece ser la norma, y eso es algo que tal vez jugó en contra del álbum en su momento, en una época ávida de nuevos sonidos y de romper con lo clásico. «Love me till the sun shines» parece recuperar por un momento a esos Kinks garageros de sus inicios, mientras que «Lazy old Sun» vuelve a demostrar que el grupo también sabe cómo hacer una canción psicodélica y tratar de estar a la moda. No es lo mejor del disco, también hay que decirlo. Pronto vuelve ese sonido clasicote, como de music-hall, con «Afternoon tea». La ironía de los Davies puesta al máximo de revoluciones, un humor muy británico que quizás no fuera del todo entendido fuera de las Islas, y dentro de ellas seguramente levantaría algunas ampollas. De su boicot en los Estados Unidos y la oportunidad perdida que ello supuso no hace falta hablar de nuevo, ya está todo dicho.

Tras la evocadora y otoñal «End of the season», una esplendorosa y elegante puesta al día de los sonidos entre el pop y el jazz del American Songbook, llega el mencionado cierre con una de las mejores canciones pop de la historia: «Waterloo sunset». Su particular «Penny Lane» con una enorme dosis de romanticismo y también melancolía.

Esas maravillosas guitarras y voces con eco, las ácidas letras, su esquizofrénica combinación de vanguardia y tradición, su postura ambivalente, rebelde y a la vez nostálgica ante la tradición, todos ellos son factores que contribuyen a crear uno de los discos más especiales de la historia del pop. Son también factores que ayudarían a cimentar una carrera, la de los Kinks, que estaba ya despegando a toda velocidad desde el garage-rock de sus inicios hacia una estratosfera musical tan particular que no hay otro grupo (en mi opinión, creo que no hace falta aclarar que todo lo que escribo aquí es estrictamente subjetivo) que represente mejor la gloria y la decadencia de ser británico en la segunda mitad del siglo XX.

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