The Police – Outlandos d’amour (1978)

Muchos discos se han publicado en el mundo desde aquel curso 79/80 en el que trabé contacto por primera vez con este “Outlandos d’amour”. Es el debut de The Police, aunque yo les había conocido con su segundo disco, el “Regatta de Blanc”, que fue una de mis primeras compras musicales. Al Outlandos llegué por un compañero de colegio, igual que a otros grupos como B-52s o Kraftwerk. Cuando pude hacerme con “Outlandos d’amour” tuve que esperar todo el día hasta volver a casa a las 6 de la tarde. Nada más llegar puse la cinta en el radiocasete y lo que escuché me dejó atónito. ¿Qué era aquello? Yo había oído algo sobre el punk, pero muy poco. También había escuchado a Bob Marley, sobre todo aquella canción de los Tres Pajaritos que tanto éxito tuvo, junto al “Could you be loved”, entre otras canciones suyas que sonaban en la radio. Parecía reggae, pero no lo era. Parecía rock, pero tampoco lo era. No se parecía, o eso creía yo entonces, al “Regatta de Blanc” de mis amores.

La batería de Stewart Copeland y la guitarra de Andy Summers emitían unos sonidos que no parecían musicales. Eran como lamentos, como sonidos marcianos. Nada que pudieses imitar con unas cajas de cartón y unos bastones, como hacíamos a veces. Conocía “Roxanne” y también “Can’t stand losing you” porque habían sonado algo en la radio en los años que pasaron entre la salida del disco y mi primera escucha. Sin embargo, no estaba preparado para un arranque como el de «Next to you» y «So lonely«. Por no hablar de “Masoko Tanga”, una canción que incluso hoy suena extraña, vanguardista. Al lado de este álbum de debut, “Regatta de Blanc” sonaba más melódico, incluso suave. Menos punk. “Outlandos d’amour” era, como muchos discos de debut, vigoroso, radiante, fresco, extrovertido, dicharachero y arrogante.

Canciones como “Hole in my life”, “Peanuts” o “Truth hits everybody” no me gustaron en un principio, me imagino que por no ser lo que yo esperaba, y solo empezaron a revelarme su grandeza algunos años más tarde. La voz de Sting, odiada por muchos, cantando “Be a happy man” sobre una batería alucinógena, una guitarra desconcertante y un bajo especialmente atípico, es algo que sólo he podido apreciar con los años. “Masoko Tanga” era música africana, ¡música africana! Peter Gabriel todavía no la había puesto de moda. De hecho, en aquella época casi cualquiera en mi pueblo hubiese respondido Georgie Dann o Antonio Machín si se le hubiese preguntado por música africana. Se oían tambores tribales, gritos que parecían de animales selváticos… Más rarezas: había incluso una canción que sólo tenía estribillo (“Be my girl / Sally”), y además este se interrumpía para dar paso a lo que parecía ser una especie de poesía, una parte recitada. Lo nunca visto. Al menos por mí, que todavía no había escuchado mucha más música que la comercial que sonaba en la radio.

Todavía conservo la cinta. Está muy vieja, he perdido la portada original y tuve que fabricarme una casera. Hace unos años se rompió. La abrí con un destornillador pequeño, saqué la cinta, reuní las dos partes y las pegué con celofán. Corte el celofán sobrante por los lados para que pudiera moverse por el interior sin problemas. Volví a montar la cinta y, para mi sorpresa, funcionaba. Por supuesto lo compré también en CD cuando tuve ocasión, y si encuentro el vinilo de segunda mano me haré con él también. Pero los recuerdos van inevitablemente asociados a mis gastadas y viejas cintas.


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