
Durante mucho tiempo ha sido una especie de coña, de posicionamiento casi antisistema, responder con un tajante «¡The Kinks!» a la pregunta típica de si prefieres a los Beatles o a los Stones. Pero no, para mucha gente no es una pose ni ganas de epatar, son muchos los músicos, melómanos o simplemente amantes del pop que tienen al grupo de los hermanos Davies en el altar donde solo alcanzan a llegar los más grandes. Mi experiencia me dice que, aunque no hay tanta gente que se atreva a entrar sin ideas preconcebidas y con valentía en el universo kinky, para la mayoría que osan hacerlo ya no hay vuelta atrás. Algo deben tener The Kinks para que atrapen de esa forma, casi retenidas emocionalmente, a tanta gente con un criterio musical más que probado. Y lo que tienen es una discografía repleta de canciones perfectas que atrapan al oyente sensible, haciéndole sentir incluso esa extraña sensación que ahora llaman anemoia: la nostalgia por una época o un lugar que realmente jamás has conocido. También, por supuesto, está su vida, su trayectoria personal y artística. Una vida que ahora, gracias a este magnífico libro de Manuel Recio e Iñaki García llamado Atardecer en Waterloo. The Kinks, publicado por Sílex Ediciones hace algunos meses, entra en nuestras casas.
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