
El pasado 13 de octubre, cuando se dio a conocer el nombre del nuevo Premio Nobel de Literatura, se produjo en el mundo de la cultura un terremoto de magnitud casi desconocida. Jamás, que yo recuerde, el nombre de un premiado había suscitado tanta controversia, tantas furibundas posiciones encontradas, como el de Bob Dylan. Nada de medias tintas ni de opiniones tibias: fuese a favor o en contra, cada dictamen se divulgaba acompañado de certificado de veras veritas. Más allá de la idoneidad o no del premiado, cabe agradecer a la Academia Sueca, al menos, que por una vez el debate cultural haya estado en primer plano de la actualidad y no, como de costumbre, disimulado en las últimas páginas de los periódicos ni constreñido a los ilusorios salones de la élite intelectual.
(leer el texto completo en Lecturas Sumergidas)
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