
Natalie Mering dice que su nuevo álbum es la segunda parte de una trilogía que arrancó con Titanic Rising (Sub Pop, 2019). Aquel disco, a pesar de publicarse antes de la pandemia, ya cantaba a un mundo incierto, casi apocalíptico: la salud mental, el cambio climático, el miedo tecnológico, la crisis económica y política, la dificultad para tener relaciones saludables. Estos últimos años le han dado material de sobra para su continuación, y lo ha sabido aprovechar. No esperéis un panfleto político o un manual de autoayuda; lo que hay aquí es incertidumbre y miedo, también briznas de esperanza (razonable, no optimismo de Mr. Wonderful), transmutado todo en maravillosa poesía envuelta de la música más mágica y delicada que puedas imaginar.
Weyes Blood nos presta su voz a quienes intuíamos que de esta no íbamos a salir mejores. Incluso así, escarbando entre las cenizas que van dejando las catástrofes globales y particulares, encuentra alguna brasa todavía ardiente como ese corazón iluminado de la portada. La excepcional voz de Natalie, arropada por exquisitos arreglos, le da un plus de emotividad a lo que nos cuenta. No es, de todos modos, su única arma, como demuestran los últimos tres gloriosos minutos instrumentales de «God turn me into a flower», quizás la mejor canción del disco. De espíritu pop pero recitado libre, Natalie se va vistiendo de Van Morrison, Carole King o Joni Mitchell para darle forma a este inmenso monumento a la belleza, la angustia y la fragilidad humana.
(texto publicado originalmente en el número de enero de 2023 de la revista Ruta66)
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