Dostoyevski – Crimen y castigo

Tenía pendiente leer Crimen y Castigo desde hace por lo menos 20 años. No es que me obsesionara ni que me sintiera con la obligación de leerlo, no creo en lo de leer un libro a la fuerza porque sea un clásico. El tiempo escasea y no estamos como para perderlo. Pero en este caso tenía la intuición de que ahora, con más bagaje vital, era el momento idóneo. Me acerqué a la biblioteca (acabo de comprar un Kindle, pero uno es de la vieja escuela) y allí estaba.

Tres o cuatro días después ya estaba atrapado por la sombría atmósfera del libro. Un libro que no hay que leer como si fuera novela negra, espero que nadie se despiste con el título y crea que va a enfrentarse a una aventura como las de Sherlock Holmes o Hercules Poirot. Nada de eso. Aquí a las (relativamente) pocas páginas ya sabes quién ha muerto y quién es el asesino. El crimen apenas es el inicio del relato: el castigo es lo que nos va a ocupar la mayor parte del tiempo. No el castigo de los hombres (bueno, un poco sí), ni el de Dios, sino el castigo interior. Dostoyevski nos mete a empujones en el cerebro de Raskólnikov, y con él sufrimos, reímos, lloramos, sentimos remordimientos, nos venimos arriba, buscamos explicaciones, intentamos convencernos a nosotros mismos, nos hundimos, pasamos en un segundo de la euforia a la culpa y al miedo, nos asomamos a las lindes de la locura. Pocas veces un personaje ha sido tan repulsivo y a la vez tan atractivo intelectualmente.

Ese es de hecho, en mi opinión, el gran mérito de Dostoyevski: la creación y el desarrollo de los personajes. Casi ningún nombre de la novela pasa desapercibido, todos dejan su impronta e influyen de alguna manera en el caos vital del protagonista. Crimen y Castigo es un libro psicológico, principalmente. También es un libro social, muy anclado como no podía ser de otra manera en las particularidades de la Rusia zarista. Aún así, las preguntas que se hacen los personajes, y las respuestas que se dan, son particulares pero extrapolables a lo universal. En sus páginas hay quienes encuentran las respuestas en la religión, otros en los cambios políticos, en la voluntad de poder, en la necesidad de sobrevivir o en el afán de enriquecerse. Es como una galería de personajes-tipo extraídos de las diversas corrientes de pensamiento de la época, un poco estereotipados en algunos casos pero perfectamente construidos y coherentes (me parece a mí) con sus ideas. Te puedes identificar fácilmente con muchos de ellos, empatizando con unos, aborreciendo a otros. Hay diálogos maravillosos, y muchos de ellos crean una tensión que amenaza con resultar insoportable incluso para el lector.

Dostoyevski consigue además, con sus descripciones, que sientas el hedor de los tugurios de San Petersburgo, que sufras la claustrofobia que producen las diminutas habitaciones donde malviven los personajes o que notes en tu piel la fiebre que consume a Raskólnikov. Crimen y Castigo es un libro de excesos, recargado, denso. La historia es interesante, pero lo es mucho más la forma de contarla. Para alguien que esté versado en las corrientes filosóficas del siglo XIX, para gente interesada en el Existencialismo, el Nihilismo, los dualismos bien-mal, cuerpo-alma, cuerpo-mente y cosas así, el libro ofrece una doble lectura que no estoy en condiciones de analizar a fondo por falta de conocimientos. Si además te interesa la historia rusa de esos años y el caldo de cultivo que llevó a la Revolución de 1917, todavía mejor. Estoy seguro de que una persona con esos conocimientos e intereses podría leer y disfrutar el libro sin llegar a preocuparse siquiera por el argumento.

No cuento más cosas sobre la historia porque he intentado no estropear la experiencia a quien quiera adentrarse en el libro, aunque lo principal creo que está dicho. De hecho, no voy a decir que la historia es lo de menos pero sí que resulta prácticamente una excusa para el aluvión de pensamientos y reflexiones que Dostoyevski derrama en cada página. El libro no es de fácil lectura, pero si consigue atraparte a un nivel superior al del argumento ya no te soltará hasta el final.


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