
Solo la gente que ha crecido junto al mar puede entender completamente a esas “turbas de contempladores del agua” de las que habla Ismael al inicio de la inmortal obra de Melville. En la época en que se escribió Moby Dick aquellos ensueños oceánicos pasaban por conseguir un trabajo que les permitiera ganarse la vida y tal vez vivir aventuras, en el caso de los jóvenes, y en el de los más viejos acentuaban la nostalgia de las ya vividas. Hoy en día, sin embargo, es posible encontrar a personas de lo más variopintas sentadas frente a un muelle, una escollera o una playa. Turistas, pescadores y curiosos, por supuesto, pero también gente que encuentra un íntimo placer en el recogimiento que produce escuchar las olas, los cantos de las gaviotas, los motores de los barcos que se alejan o vuelven al puerto.
(leer el texto completo en Lecturas Sumergidas)
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