
¿A dónde vas cuando ya has llegado a lo más alto? El grupo norteamericano R.E.M. tocó el cielo con los dedos en 1991 con su álbum Out Of Time y el sencillo «Losing my religion». ¿Cómo seguir después de un éxito tan tremendo e inesperado? Apenas cuatro años antes eran un grupo independiente, una delicatessen para conocedores de lo que se cocía en los sótanos del rock americano. De repente eran número 1 en las listas de álbumes de Estados Unidos y el Reino Unido. «Losing my religion» estaba en todos lados: recuerdo escucharla en la radio cada día, y por supuesto también recuerdo el vídeo, repetido hasta la saciedad en televisión. Un éxito así, sobre todo después de casi una década de lentos progresos (recordemos que Out Of Time era ya su séptimo disco), no es fácil de gestionar. ¿Cómo lo consiguieron R.E.M.? La respuesta tiene un nombre: Automatic For The People.
El camino hasta la cumbre
Aunque ya habían triunfado en su país, Europa se les resistía a R.E.M. Su fichaje por Warner para lanzar Green (1989) ya les abrió nuevas puertas, pero a este lado del Atlántico seguían siendo más o menos un grupo de culto para iniciados, un secreto a voces pero todavía un secreto. Tras su agotadora gira mundial de 1989 dedicaron el siguiente año a descansar y pensar bien su siguiente jugada. El resultado fue el avasallador Out Of Time (1991), disco que les valió para pasar de héroes del circuito alternativo a celebridades mundiales. Dicen que el segundo disco es el más difícil, pero creo que más todavía es el que sigue a un triunfo como el conseguido por los de Athens. Llegados a este punto, algunos grupos/artistas tratan de repetir lo que les ha funcionado; otros, por el contrario, buscan huir del encasillamiento. ¿Cómo consiguieron R.E.M. no solo sobrevivir a la cima sino mantenerse en ella?
Michael Stipe y sus compañeros optaron por la segunda opción. Decidieron hacer un disco más sucio, menos pulido, más roquero. Berry, Mills y Buck empezaron a trabajar en una serie de canciones, grabando más de 30 maquetas que luego le presentarían al cantante. Entre esas canciones había de todo, pero por diversos motivos (rondaban la treintena, el SIDA estaba en su momento más devastador y les había arrebatado algunos amigos, y sobre todo Stipe, abrumado por el éxito, pasaba por un momento de profunda reflexión) se quedaron en general con las más introspectivas. Quizás por eso el resultado final no fue exactamente lo que en un principio buscaban. John Paul Jones, legendario miembro de Led Zeppelin, fue llamado para añadir los arreglos orquestales de varias canciones. El productor fue de nuevo Scott Litt, como en sus tres discos anteriores. Por un lado había un ambiente de continuidad, pero por otra parte las canciones empujaban en una dirección más melancólica.
Mainstream para almas sensibles
R.E.M. consiguieron lo que muchos buscan pero pocos consiguen: sobrevivir a un éxito masivo sin repetirse, afirmando su personalidad propia y manteniendo el control artístico de su obra. Automatic For the People es un disco mainstream, desde luego, pero no es de fácil digestión. Es cierto que hay canciones como «The sidewinder sleeps tonite», un tema que aquí hace tal vez el papel que «Shiny happy people» jugó en su anterior disco. De hecho la propia banda no acababa de ver clara su inclusión: tengamos en cuenta que aparece tras «Drive» y «Try not to breathe». La primera es una maravilla que consigue hermanar las texturas, los cambios de ritmo y estados de ánimo del grunge con el pop orquestal más exquisito. Una forma magistral de abrir un álbum. En cuanto a «Try not to breathe», su aparente ligereza y su envolvente melodía no deben esconder la crudeza de una letra que habla de vejez, despedida y muerte.
Esa temática, el paso del tiempo, la aceptación de la propia mortalidad y el duelo ante la pérdida de seres queridos, domina casi todo el disco. Stipe, sin embargo, intenta no confundir aceptación con resignación. En esas letras repletas de nostalgia y dolor hay también consuelo y resiliencia. Después del paréntesis de «The sidewinder sleeps tonite» llega otra de las cumbres del disco, una tremenda «Everybody hurts» que busca ofrecer una salida, algo de esperanza, frente a un problema tan terrible como es el del suicidio juvenil. El grupo buscaba crear una canción que emulara las baladas soul del sello Stax, y de hecho casi toda la canción está soportada por un omnipresente arpegio de guitarra inspirado en los de Steve Cropper, el guitarrista de Booker T. & The M.G.’s. Los arreglos orquestales in crescendo de John Paul Jones, junto a ese desgarrador «Hold on» que Stipe va repitiendo hacia el final de la canción, convierten «Everybody hurts» en una pequeña obra maestra del pop más introspectivo. Realmente sobrecogedora. El vídeo muestra a Stipe en una actitud algo mesiánica, como guiando a la gente hacia la luz. No es el tipo de vídeo que uno esperaría, pero es cierto que su tono casi alegórico encaja con el carácter poético del disco. Tampoco entiendo por qué puede herir la sensibilidad del espectador, según el aviso de YouTube.
«New Orleans Instrumental no. 1» explica en el título lo que vas a escuchar. Es instrumental, desde luego, y tiene un sonido un tanto húmedo y de nocturna actividad que podemos asociar con la ciudad sureña, de acuerdo. Se trata de otro pequeño paréntesis antes de retomar temas incómodos, en este caso la pérdida (física o simple distanciamiento) de personas de nuestra familia. La canción se llama «Sweetness follows» y tiene una instrumentación fascinante, con esa combinación de guitarra acústica y eléctrica, arreglos de cuerda, algo que parece un chelo (o una guitarra, o una viola como la de John Cale) distorsionado y un zumbido de fondo producido por el teclado de Mike Mills. Unas texturas que más o menos se repiten en «Monty got a raw deal», inspirada en la trágica vida del actor Montgomery Clift.
«Ignoreland» es quizás la canción que mejor resistió el descenso a la oscuridad de R.E.M. durante la grabación del disco, manteniendo la enérgica esencia rock con la que en principio estaba concebido el disco. Es también la canción más comprometida políticamente, aunque acabe con los versos «This is not a revolution. I don’t do the revolution. Thank you«: poco antes nos han escupido otros como «These bastards stole their power from the victims of the U.S. vs them years«, o «Up the Republic, my skinny ass, TV tells a million lies«. Como el gran Muhammad Ali, R.E.M. podían flotar como una mariposa y picarte como una abeja.
«Star me kitten» es otra de esas canciones de Automatic For The People que no entran a la primera. Lo que más llama la atención es esos extraños coros, voces sampleadas y reproducidas usando una técnica similar (más evidente al final, cuando las voces se quedan solas) a la que usaron 10cc en su éxito «I’m not in love».
¿Llegó el hombre a la Luna? ¿Sigue vivo Elvis?
«Man on the Moon» es una de esas canciones que levantan la carrera de un grupo. Es casi tan omnipresente como «Losing my religion», le dio el nombre al biopic sobre el cómico Andy Kaufman que protagonizó Jim Carrey, y si solo conoces dos o tres canciones de R.E.M. seguro que esta es una de ellas. Pero «Man on the Moon» estuvo a punto de no existir, al menos tal como la conocemos. La base rítmica y melódica ya estaba preparada desde bastante antes, pero Michael Stipe seguía dándole vueltas a distintas letras, no encontrándose a gusto con ninguna de ellas. Al final de la grabación, paseando por Seattle con sus auriculares escuchando la base instrumental una y otra vez, de algún modo le vino a la cabeza Andy Kaufman. Es casi absurda la forma en que Stipe mete en la letra frases surrealistas, al grupo glam Mott The Hoople, juegos de mesa como el Risk o el Monopoly, referencias culturales que pueden o no estar relacionadas con Kaufman, un pique con Kurt Cobain a ver quién metía más «yeah yeahs» en una canción y teorías de la conspiración diversas (la propia desaparición del cómico dio pie a unas cuantas). Que ese mejunje lírico acabara dando forma a esta inmortal canción es algo que forma parte de la magia de la música. Es pegadiza, es instrumentalmente impecable, rítmicamente contagiosa y brillante en su finalización, así que tal vez el misterio no lo es tanto.
Y después de «Man on the Moon», ya que has decidido que no cierre el disco, ¿qué canción incluir? «Nightswimming» fue la encargada de devolvernos al mundo melancólico y nostálgico de Automatic For The People con otra bellísima combinación de instrumentos: la voz de Stipe se sostiene sobre una insistente melodía de piano (parece ser que el mismo piano en el que se tocó la mítica coda de «Layla»), un delicado oboe y unos elegantes arreglos de cuerda. No hay percusión, no hay guitarras. Stipe recurre a sus recuerdos sobre baños nocturnos compartidos con sus amigos de la infancia para ofrecernos otra historia sobre la pérdida de la inocencia y el paso del tiempo. «Find the river» cierra el disco de manera similar: el río del título es una metáfora, usada desde la Antigüedad pero todavía efectiva, sobre cómo fluye la vida hacia su inevitable llegada a ese mar que, dijo el poeta, es el morir.
Al finalizar el disco, dándole vueltas en mi cabeza a versos como «This life that passed before my eyes, and nothing is going my way» de la mencionada «Find the river», uno no deja de sorprenderse de que este disco fuese un éxito masivo. Pero lo fue, y ese es el mérito de R.E.M.: hacer de la tragedia algo bello, incluso sublime. Conseguir que la gente accediera a la parte redentora de esas canciones, en su mayoría, de amargas letras. Que los hallazgos melódicos e instrumentales hicieran de contrapeso a la opresión de los temas tratados.
Automatic For The People es, en suma, el triunfo del talento, la personalidad y la resistencia ante las presiones de una casi siempre avariciosa industria musical. Estamos, creo yo, ante la cumbre creativa de la carrera de R.E.M. Como siempre, mis opiniones son personales y discutibles, habrá quien prefiera su época menos comercial. Yo también adoro discos como Murmur, Document o Green, pero a fecha de hoy, si tengo que quedarme solo con un disco de R.E.M., me quedo con este.
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